Derecho de admisión

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Photo by Marten Bjork on Unsplash

 

En fin; estos son nuestros prejuicios. 

Y si nos dan un minuto, 

seguro que terminamos encontrando 

un par de sinrazones más 

con las que apuntalar nuestro mutuo rechazo. 

 

Hace muchos siglos que lo decidimos: 

que ni aire que de ti me venga; 

que ni viento que de mí te vaya. 

 Entre nosotros bastan las apariencias: 

tus mocasines de piel y borlas altaneras, 

contra mis zapatillas de pasar desapercibido. 

Los cocodrilos de tus jerséis 

y la intensidad clorofílica de tus amenazas; 

los tomates de mis calcetines 

y la bravuconería blandida con mi mano izquierda. 

Patéticos, ridículos, clasistas ambos. 

 

Sé que llueve sobre mojado 

en esta habitación de los desencuentros 

sin puerta, ni techo, ni sillas, ni mesa… 

Solo un cartel al lado de un ventanuco: 

reservado el derecho de admisión 

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