Nuestro lugar en el universo

—Artículo para Ideal Sierra Mágina, julio de 2021—

Panorámica de Sierra Mágina vista desde Bélmez de la Moraleda

Volver a encontrarnos con Mágina y volver a encontrarnos en Mágina. En este momento, para nosotros —desterrados, huidos y demás especímenes del éxodo rural—, ambos planteamientos se han convertido en una cuestión de salud mental. Demasiado tiempo sin meternos unas buenas rayas de sus gérmenes, así, a nariz destapada: con las aletas nasales abiertas, redondeándose receptivas, como pozos sin fin ante la insalubridad maginense; con mono de un chute de Mágina que nos coloque de nuevo con precisión milimétrica en nuestro lugar del universo: 37°43′36″ Norte; 3°25′55″ Oeste. El mismo tiempo que llevamos sin emborracharnos con la musiquilla de las ges roncadas y los cuchá de los nuestros, mientras nos van poniendo al día de los chirgueteos del pueblo. 

Debajo de la frialdad y del desapego de este tedioso reinado de las distancias, tras hibernar como víboras y hasta cambiar varias veces la piel, ha quedado un pequeño rescoldo que nos ha hecho regresar mentalmente al vientre y a la teta de la madre que nos parió, allá en la Sierra Mágina. Ha sido ese regusto de nuestra infancia, esa emoción regresada de los mamones que un día fuimos, la que nos ha llevado a encontrar de nuevo el asentamiento en el que, casi milagrosamente, aún permanecen nuestros valores —de pertenencia, de ser, llámense como se quiera— sobre los que reconstruir el armazón de nuestras convicciones, ahora que todo se mueve bajo efímeros y cambiantes eslóganes populistas. Ya lo dice la frase atribuida a Marx —a Groucho, que no a Carlos—: «estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros».  

Nosotros los desterrados, huidos y demás especímenes del éxodo rural, una vez completada la travesía del reniego —porque, confesemos, todos, tanto los de dentro como los de fuera, hemos maldecido en algún momento esta tierra que nos vio nacer—, no podemos borrar esa impronta maginense que llevamos tatuada en la piel. Porque hemos terminado siendo como el burro aquel del dicho. Y a pesar de que durante los confinamientos y los estados de alarma la hierba creció hasta hacer irreconocible la vereda, nuestro empecinamiento nos ha guiado de nuevo hasta esta manera tan sencilla y tan de pueblo de entender la vida, a la familia y a los amigos; hasta estos valores catetos de la periferia que nos mantienen cuerdos en mitad de la vorágine urbanita, donde llegamos hipnotizados por el parpadeo de sus neones y la promesa de prosperidad de sus empresas, antes de que, como bien apunta Sergio del Molino en Contra la España vacía, estas dejaran de tener como objeto la creación de valor y su cometido pasara a ser la especulación financiera, de cuya mano llegó la deslocalización y la automatización industrial. O lo que es lo mismo, el traslado de las empresas hasta el más allá: en el todo a cien chino, donde la mano de obra es más sumisa y barata. 

Conforme avanza el siglo XXI, incluido el paréntesis de la pandemia, la precariedad de los más muchos y la opulencia de los menos pocos han ido creciendo de manera paralela, con una progresión exponencial que se antoja infinita. Las ciudades, además, no han dejado por ello, ni de crecer, ni de seguir recibiendo un sustancioso contingente de jóvenes de pueblo, abocados in aeternum a compartir piso, mientras sus condiciones sigan siendo mileuristas.  

El alma de las urbes ha desaparecido. Una tolvanera —o como escribiría García Márquez—, una hojarasca revuelta, alborotada, formada por desperdicios humanos y materiales, ha terminado por arrastrar los valores y los principios que algún día ya lejano gobernaban a ritmo de ordenanza municipal las luces de sus semáforos, los paseos de sus viandantes o los horarios de sus comercios. En su lugar, tres, cuatro premisas improvisadas a golpe de ocurrencia del populista de turno, y que, a buen seguro, caducarán mañana, dirigen a las ciudades —y con ellas al mundo conocido hasta ahora— hacia su inminente ocaso. 

De pronto, me acuerdo de aquel joven del 4×4 sobre el que una vez escribí un artículo. Aquel que llegó a la plaza del pueblo y encendió un cigarro mientras se apoyaba en el capó, y cuya vestimenta delataba que venía del campo. He vuelto a pensar en él muchas veces durante este tiempo: en cómo habría sido su vida durante la pandemia, que seguro que bastante peor de lo que hubiera esperado aquel día, cuando, echado en el capó de su todoterreno, mientras se fumaba un cigarrillo, decidió, entre las idas y venidas, conversar con la tarde y con el viento —ahora me arranco, ahora me quedo con sus arrumacos y sus envestidas—, y que, tras escucharle a ambos los pros y los contras, optó, como casi nadie, por quedarse a vivir en Mágina, donde los bancos siguen cerrando, mientras las escuelas sobreviven en precario. 

Tanto a él como a todos los demás solo nos quedan esas cuatro sencillas premisas que nos enseñó esta tierra. Por desgracia, para los perdedores, para la mayoría dominante, tan embrutecida como desesperada, «esas cosas» solo le producen desconfianza y dolor de cabeza. No sé, tal vez si con esos valores, con esos principios nos hiciéramos unos memes, puede que resultara.     

Nuestro lugar en el universo

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