¿Qué hay de nuevo, viejo? (38)

28 de julio de 2020

Los miedos de mi niñez tenían consistencia, los podía palpar. Con tan solo echarme mano al corazón, los sentía bullir y cambiar de ritmo, para arrinconarme al fin en su asfixia; eran implacables. Sin embargo, esta estúpida sensación que me ronda ahora no tengo por dónde agarrarla, y eso hace que me agobie aún más. Es un miedo que apenas se manifiesta en mi cuerpo, acostumbrado ya al disimulo de los años. Un miedo que no puedo buscar tras una puerta, bajo la cama o dentro de un armario, y que me abruma con su insistencia, sin dejar nunca que los demás lo noten. Un miedo conocedor de todos mis puntos débiles; un miedo aprovechado y rastrero.

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