Buscando algo bueno del confinamiento (54)

Querido lector: las entradas que te vas a encontrar en mi blog bajo este título son fruto de las reflexiones diarias que he ido escribiendo cada mañana durante el confinamiento en el muro de mi Facebook. Siempre las acompaño además de una canción que por lo general sirve —nunca mejor dicho— de pretexto a lo que escribo.

6 de mayo de 2020

Photo by eberhard grossgasteiger on Pexels.com

Esta precariedad de movimientos físicos —con sus placebos de paseos acotados en el tiempo y en el espacio que nada tienen que ver con la libertad que hemos perdido— nos ha llevado a desarrollar en un muy pocos días otras maneras de movernos, de viajar, que estaban escondidas en nuestra mente y que apenas usábamos, incluidos quienes tenemos la mala costumbre de hurgarnos en ella como el que se mete de manera inconsciente un dedo en la nariz. Por ejemplo, he notado que, cuando ahora me sumerjo en las profundidades abisales de mis recuerdos, lo hago en un estado de concentración máximo, casi superior; es una sensación de letargo donde todos tus recuerdos se suceden a cámara lenta, y los masticas, y los saboreas, y te vuelve de nuevo toda la intensidad, todo el retrogusto de tus vivencias.
Así, buceando, me he encontrado con un momento impreciso que anda por mi cabeza, perdido en la frontera de los tres, cuatro años, de ahí que las ovas del tiempo nunca me hayan dejado verlo con la intensidad que lo puedo ver hoy. Siempre he sabido dónde ocurría: reconozco ese cielo, esa tierra y, sobre todo, la frondosidad de los olivos que me rodean. También reconozco ese zumbido intenso en mis oídos: es mi corazón latiendo desaforado. Además, si junto todo —cielo, tierra, olivos y taquicardia—, hasta hoy, en la mente de aquel niño eso tenía un nombre: miedo.
Pero ahora, desde este nuevo récord de apnea en mar abierto de sueños y recuerdos, ese miedo tiene un apellido: es el miedo a la soledad. Y si aguanto un poco más la respiración y me retrotraigo treinta segundos antes a ese instante, oigo tus pasos decididos y contundentes, propios de un hombre joven y fuerte de unos treinta y tantos, mientras te vas alejando cañada abajo, hasta perderte en la espesura del silencio. Entonces, ya solo escucho mi corazón metido en los oídos como un zurreón, hasta que un hilo de llanto fino y largo sale de mi boca, pero tú no me escuchas, porque tal vez lo confundas con el piar de un gorrión, o simplemente, porque tal vez ya estés demasiado lejos.

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