¡Cuánto añoro aquellos días! Cuando mi gato se colaba por tu ventana, y mi perro movía el rabo mientras ladraba en tu puerta como si no hubiera un mañana. Días en los que me sabías cerca por el solo crujir de mis pasos —descompasados, arrítmicos, llenos de mí—, y que, por encima de otras muchas sensaciones, se deshacían en acelerados y palpitantes tonos rojos, devueltos hoy en una apolaroidada impresión de la memoria: la fotografía de un tiempo pretérito. Un reflejo de nostalgia bermellón en el que, sin embargo, la música aún resuena con todo el brillo y nitidez analógica de una banda sonora a la que le guardamos una muy alta fidelidad, compuesta por todas aquellas canciones de juventud hechas un manojo de posibilidades, de pretextos con los que saltarnos las rejas para colarnos en un viejo y conocido paisaje.
Aquellos días, cuando te grababa cintas de casete con mi voz impostada a lo «Loco de la Colina», de cuyo programa yo era un adicto confeso: la oscuridad de un estudio radiofónico bajo el narcotizante efecto del solo de David Gilmour en el «Wish you were here» bastó para engancharme. No reniego del ronroneo gatuno ni del prolongado silencio de humo de Jesús Quintero, aunque después llegara Radio 3 con su metadona «nuevaolera» sacudiéndonos las hipérboles, los fingimientos y los infinitos circunloquios. En sus interminables madrugadas de blues, aprendimos a desnudarnos de voz y de alma, tras haber andado desde el atardecer desgañitándonos a ritmo de rock and roll. Era nuestro primer intento de banda en aquel garaje que hizo las veces de local de ensayo. El mismo lugar donde nos volvimos más directos y descarados, mientras aprendíamos los atajos del «aquí te pillo, aquí te mato», a pesar de que ese «todos con todas» a mí no me iba mucho.
Ya por entonces, un día cualquiera, me había enamorado de la chica que, sin saber muy bien por qué, amaneció de buena mañana a mi lado. Recuerdo, sumergido en una somnolencia idílica, cómo se limitó a sonreírme detrás de sus cabellos dorados, antes de besarme durante ese instante de eternidad que —dicen— puede llegar a contener un beso. Entonces la toqué por primera y casi única vez. Pero nunca he olvidado aquel vello rubio y pulido ni su tacto de piel de melocotón.
Hace unos días, no sé a cuenta de qué, pues ni siquiera hubo una canción por medio que me sirviera de excusa, me dio por teclear su nombre. Y allí estaba, tras la ventana de Facebook; como casi todos los de antes: con más años, con más kilos, pero con los mismos ojos azules que me trasladaron de nuevo a la suavidad aterciopelada de su piel.









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