Déjà vu ochentero

Érase un tiempo que, como cualquier otro, tuvo de todo: días de euforia, siempre intensos pero breves, a los que sucedieron períodos de calma con sus eternos instantes de tedio, y hasta sus momentos felices. Érase una época tan extraordinaria y anodina que, como cualquier otra de la historia del hombre, fue aprovechada o malgastada según el lugar desde donde mire el analista de turno. Érase unas convicciones y las contrarias que, como en cualquier otra disyuntiva del pensamiento humano, nunca llegaron a confluir en un punto medio. Érase en definitiva la vida, rueda que te rueda sin parar; sin esperar ni avisar de lo efímera y frágil que resulta desde el principio hasta el fin.

Un instante que nos empecinamos en rebobinar una y otra vez. Un momento de lo más insospechado, un déjà vu que cortocircuita de lleno en mitad de una neurona como una esquirla escupida desde un mundo paralelo. Un Matrix que solo parece haber ocurrido en nuestra imaginación, debido a una reacción química que el transcurso del tiempo y las enzimas de la memoria han terminado por fermentarnos en el recuerdo.

Basta una ráfaga, la melodía incompleta de una canción de un entonces idealizado cuyo estribillo se nos quedó enganchado en un pliegue de nuestro subconsciente, para volvernos a creer que somos los reyes del mambo, a pesar de que el espejo del baño desnude las evidencias: que de aquella chulería adolescente por la que todo nos resbalaba, pues nos creíamos estatuas de metal en mitad de un idílico paraíso con banda sonora de Radio Futura, solo nos queda un leve sabor a óxido acompañado de una irreversible intolerancia al reguetón; que aquella historia de amor y lujuria de la que tanto fardamos no fuera más que la regla que nunca tuvo excepción que la confirmara, pues duró lo que dura una canción de Roxy Music o, lo que es lo mismo, lo que un polvo apresurado en la trasera del capó de, probablemente, un Simca 1000.

Pero nunca perdemos la esperanza, convencidos como estamos de esa regla no escrita de que, tarde o temprano, todo regresa: los calentadores, las hombreras… y quién sabe si hasta los tupés y los cardados. Ahí están de nuevo los vinilos, a pesar de ser prácticamente inviables, caros y nada ecológicos. Porque este boomer que os habla está convencido de que, boli Bic en mano o no, volverá a rebobinar una y otra vez aquella canción de los años ochenta que lo hace sentirse como el tipo que creyó ser alguna vez.  

    

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