Tiempo de amapolas

—Artículo para Ideal Sierra Mágina, junio de 2021—

Foto: Las amapolas tiñen de rojo el campo jienense, de Juan Ignacio Vilchez Gómez.

De repente, a la primavera le ha entrado prisa por ser verano. Lo sé, porque las cunetas han amanecido desbordadas del color rojo de las amapolas. Aunque me da la impresión de que, como tantas otras cosas ahora sujetas a la reinterpretación veleta de los nuevos tiempos, un viento caprichoso, al que se le sumó una tendencia revisionista de última ola, ha decidido desterrar la muerte y su recuerdo —así como el posterior consuelo— del significado de un campo preñado de esta inquietante flor. De hecho, el personal anda elucubrando con un verano de euforia y bacanal, no se sabe si abducido por la fragilidad etérea de la brisa que dejó mayo, o por las ganas de salir de su crisálida de contención «enmascarillada» y volar hacia otra cosa mariposa.  

Todos tienen —en la superficie y en el fondo— unas ganas locas de volar hacia un campo lleno de amapolas, y de farolillos color de las amapolas, y de verbenas en las que se cante aquello de «amapola, lindísima amapola…», y de toqueteos, y de magreos, y de besos que nos pongan la cara roja como una amapola. Sin embargo, sería conveniente ponerse de lado ante ese aire de mírame y no me toques que se desprende del rojo reventón de sus frágiles pétalos, porque, al más mínimo zarandeo, nos quedamos descapullados, con la cara de idiota y solo su velloso tallo en la mano.  

Veo multitud de cabezas despeinadas por la prisa, que lo mismo vociferan por el fin de los tapabocas, que por esta liga que —por una vez— hemos ganamos los nadie, los de abajo, los del Bélmez Atlético. Escucho sus voces aceleradas, como si la taquicardia que les produce este incipiente verano multiplicara las revoluciones de su discurso, hasta volverlo un galimatías grotesco. Por eso deberíamos, no sé si agudizar nuestros oídos hasta ralentizar sus bocas, o concentrar nuestra atención hasta atravesar sus mentes. Entonces, alcanzaremos a atender que están hablando —siempre en nombre de una presunta libertad que alguien parece haber vilipendiado— de lo mal que lo hacen «los que mandan», aunque, qué poco les ayudan «los que quieren mandar»; de que «aquí lo que hace falta es mano dura», pero «qué malafollá tiene ese guardia», que ha venido y nos ha cerrado el bar. 

Y el verano, a todo esto, sigue aproximándose certero e implacable por un tiempo de amapolas aceleradas ante el vértigo de los acontecimientos. Pasan las cunetas delante de nuestros ojos convertidas en manchas rojas llenas de caos y desconcierto. Hay jóvenes, madres y niños, familias enteras nadando en el mar. Pero no, no es una estampa veraniega. Es caos sobre el caos y una rebanada de desdicha de por medio. Es crueldad con los de siempre, con los más nadie de los más nadie de los nadie —porque nosotros a su lado, hasta parecemos algo—. Los ves brillar en la pantalla por el reflejo del sol en sus espaldas mojadas, mientras a duras penas alcanzan la orilla. Ese reflejo les hace parecer lo que en verdad son: monedas de cambio, el objeto del chantaje que resuella exhausto en brazos de soldados sin fusiles. Mientras, sentado en un estudio de televisión, un tertuliano vocifera: «¡a mí la Legión!». Y cuando otro se lo afea, un tercero saca de su bolsillo una bandera, mientras grita: «¡viva España!» 

Nunca me han gustado las amapolas. Me producen demasiada inquietud y desasosiego. No sé muy bien por qué: si por el rojo intenso, casi hiriente de sus pétalos, o por el negro luto que les ha nacido en el centro, alrededor de sus estambres. Tampoco es agradable esa sensación de flor efímera, quebradiza que me gastan. Esa fragilidad de alas de mariposa, o ese tacto áspero y velloso de su tallo, y que da hasta dentera. Por no gustarme, no me gusta ni su tiempo de adormidera. Su tiempo de entretiempo de un tiempo que se acaba y de otro por venir: ni macho ni hembra; ni frío ni calor; ni tanto ni tan poco; ni risa ni llanto; ni primavera ni verano…  

Así es este tiempo de indecisión y de amapolas. No sabemos qué hacer: si ponernos la chaqueta de la precaución que nos resguarde de lo que aún esté por llegar; si lanzarnos al destape y a la desinhibición de nuestras almas, deseosas como están de que el aire les dé de frente, hasta llenarnos las bocas de la mugre de la calle y de la vida.  

Tal vez, de momento, será mejor, por precaución, que dejemos los armarios en un fifty fifty. Además, seguro que a nuestra mente —y a nuestro cuerpo, por supuesto— le va mejor unas sesiones de yoga que nos realineen los chakras, que una intensiva y estresante operación bikini.    

Por de pronto, la gente se ha quedado parada, sin saber qué hacer. Como mucho, orientan sus caras según les dé el sol, porque ahora son como un campo de girasoles boquiabiertos y atónitos; una multitud estupefacta que dirigen poco a poco, casi de manera imperceptible, el morrillo al sol que más calienta, mientras esperan a ser cosechados en las próximas elecciones.   

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