¿Ya estás aquí, madrileño?

—Artículo de Ideal Sierra Mágina, julio de 2020—

Hacía un mes escaso que vivía en Madrid. Por fin tenía un trabajo decente, lo que en el año 93 y viniendo de Andalucía quería decir un trabajo a secas; así, sin más adornos ni florituras. Un mes era tiempo más que suficiente para que me encontrara perfectamente adaptado a las peculiaridades de la capital del reino y sus ciudades satélite-dormitorio. Incluso, hasta había comenzado a tomarle el tranquillo a lo que, según el sistema métrico madrileño, significa «cerca» y «lejos». 

Llegué a Bélmez sobre las doce de la noche de un viernes. Era mi primer fin de semana en casa después de… eso, un mes, aunque a mí me pareciera toda una eternidad —según mi propio sistema métrico emotivo—. Saludé a la familia y me dirigí hacia el pub, donde previamente había quedado con mi entonces novia —hoy mi mujer—. Nada más abrir la puerta del establecimiento, antes incluso de que la penumbra tabernaria se disipase en mis pupilas y me dejara entrever las facciones de mi chica, una voz que no me era desconocida soltó aquella frase lapidaria tantas veces escuchada antes, y puede que también dicha por mí, con la misma despreocupación y vehemencia que ahora se me dirigía: 

—¿Ya estás aquí, madrileño? 

Es tan inexacta esa leyenda urbana de que a los cinco minutos de estar en la capital ya eres de Madrid, como la de que a los cinco minutos de haberte marchado de Mágina intentes despojarte de todo lo que huela a esta tierra. Es más, por mucho que vocalices para hacerte entender, este peculiar acento nuestro está cosido con doble costura a nuestro decir. Prueba de ello: 27 años en Madrid y mi acento sigue sin cambiar.   

Aunque lo cortés no quita lo valiente, que en el rompeolas mesetario donde confluyen todas las Españas, todos y todo tienen cabida; o todo se cuela, incluido un virus con vocación pandémica. Como también resultará fácil palpar la existencia de cierto recelo hacia quienes un buen día más o menos lejano dejamos esta tierra; basta una somera interpretación de los dobleces que esconde el rico y arriscado expresionario maginense para percatarse: no de que hayas dejado de ser bienvenido; pero sí de que se tenga un reconcomio hacia quien se fue del pueblo y ahora ya solo vuelve de visita.  

—¿Ya estás aquí, madrileño?… ¿no te habías ido porque aquí ya no se te ofrecía nada?… ¿o es que no puedes pasar sin tu tierra? Que allí no tenéis el fresquito del Nacimiento, ni el adelfal de Cuadros, ni el agua de Fuenmayor… Si es que como en Sierra Mágina no se está en ningún sitio… 

Es curiosa esta costumbre de Mágina de preguntar por lo que resulta evidente o por lo que se sabe, como si utilizáramos los signos de interrogación a modo de mazos con los que golpear la mesa para espetarle al interpelado: «Eh, que ya he visto que has vuelto, porque seguro que nos echabas de menos, que la capital no era para tanto».  

Imagino, ahora que todo el mundo especula sobre la nueva realidad, donde la vida regrese a los pueblos y los pueblos a la vida de todos, una vuelta de tuerca más a la puñetera pregunta. Lo veo incluso como si fuera una de esas películas que transcurren en un pueblo del medio oeste americano, al que, con todas sus pertenencias e ilusionantes proyectos, llega el neorrural de turno; un buen tipo de quien nadie se fía en un principio, hasta que, no sin esfuerzo y tras numerosas vicisitudes, se termina ganando el favor de los paisanos.  

No será fácil para nadie; ni para quienes huyan del hacinamiento de la ciudad, ni para quienes vean perturbada de golpe la anodina paz de su pueblo. Pero sí creo que por una vez debiéramos ser los de pueblo quienes diéramos el primer paso. El «volveremos a las calles» del que yo hablaba al principio de la pandemia parece estar convirtiéndose, ahora que pueda que se empiece a ver la cola al bicho, en un «volveremos a los pueblos», lo cual no puede tener otra lectura que no sea la de la apertura de miras y la oportunidad.  

Hay que abandonar ese recelo tácito y casi endémico hacia lo que viene de fuera, ya sea de nuevas o de vuelta, porque no están nuestros pueblos nadando precisamente en la prosperidad. O si no, que le pregunten a nuestros olivareros. Tampoco debe ser este asunto un coladero para la especulación, porque hay que desterrar de este país la cultura del ladrillo de una vez por todas. Que nadie se precipite, pues no es este tiempo de excavadoras, sino de rehabilitación y hasta de restauración de ese gran parque de casas abandonadas que hay en nuestros pueblos. Creo que, si esta vez escogemos bien lo que tenemos que decir, pero sobre todo hacer, nuestros pueblos tendrán esa segunda oportunidad que llevamos clamando tanto tiempo. Puede que, hasta sea más fácil de lo que a simple vista parece. Se trataría de un cambio de actitud que debiera comenzar con un sencillo trueque de los signos de puntuación a utilizar en la frase: 

—¡Ya estás aquí, madrileño! 

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