REGRESO A LOS TIEMPOS OSCUROS

Joaquín María de Argamasilla 

Antiguo destino: Ministerio del Tiempo (1924) 

Destino actual: Ministerio del Tiempo (2018) 

Siempre se lo digo a mis compañeros de patrulla, que a veces los poderes, más que un don, son esa pesada carga con la que vivir. Y aunque Alonso no deje de persignarse cada vez que me valgo de la metasomoscopia  en su presencia, y Pacino se mofe de –como diría él-, mis trasnochados remilgos de niño bien, trabajar en el Ministerio hace que este castigo-privilegio tenga sentido. Es como si el destino me hubiera reservado una misión que cumplir. Bueno, tampoco me voy a quejar, que Lola siempre está de mi parte, probablemente por ser la más cercana a mí en el tiempo. 

Nunca olvidaré mi primera misión en el Ministerio de esta época, hace ahora dos años, cuando viajé con Amelia y Pacino hasta Bélmez de la Moraleda, en el año 1971: el año que surgieron sus enigmáticas caras. Fue un momento tan revelador… Allí tuve la oportunidad de conocer a otros como yo. Gente que me comprendía y que sentía tan parecido a mí: el profesor Germán de Argumosa, que tanto me enseñó de psicofonías; el padre Pilón, un exorcista jesuita, gran conocedor de la radiestesia, manejando el péndulo como un apéndice más de su cuerpo, o de su mente, no sé; y por supuesto, el gran Hans Bender, nada más y nada menos que el padre de la Parapsicología. Pero quien verdaderamente me dejó impactado, fue la propia María Gómez Cámara, la dueña de la casa donde se dieron las apariciones, que, pese a su analfabetismo, parecía reunir en su sola persona toda la energía y todas las habilidades de los demás. Ella veía más allá, no como yo lo hago a través de los objetos. Con aquellos ojos suyos, que se volvían fríos como carámbanos, observándolo todo desde la penumbra de su ser, era capaz de desnudar el alma de las personas y desarmar sus propósitos, y hasta de transparentar sus pensamientos. Toda una revelación, sí señor. 

Son las 10 de la mañana del 16 de noviembre de 2018. Como todos los días a esta hora, cuando no estamos en una misión, tomo un café y unos churros con Lola, Alonso y Pacino. De repente, Angustias ha venido desde las oficinas muy alterada: 

Salvador quiere veros inmediatamente en su despacho. Está muy perturbado. Ha ocurrido algo muy gordo. 

Cuando entramos, encontramos a Salvador hojeando un periódico junto a alguien que, por sus vestimentas, deduzco que ha venido por una de las puertas que dan a la Edad Media. Y afinando, diría que viene del siglo XIV o el XV.  

¡Ah, ya están aquí todos!… Joaquín… usted no conoce al rabino. Le presento a Abrahán Leví…  

El autor del Libro de las Puertas —digo entusiasmado, mientras interrumpo a Salvador—. Estaba deseando poder conocerle, rabino. 

Mis compañeros, que ya lo conocían, lo saludan también. Inmediatamente, mostrándonos la portada del periódico, Salvador nos pone sobre antecedentes. 

Esta es la portada con la que esta mañana ha salido a la calle el Ideal de Jaén.  

En el titular se puede leer: «Regresan las caras de Bélmez: primera cara tras la muerte de María Gómez», al que le acompaña una foto del suelo de la casa en la que puede verse con toda claridad de rasgos, el rostro de un hombre con barba, tocado con lo que parece ser un turbante. Salvador continúa hablando. 

El rostro en sí no nos decía mucho, pero sí la figura que aparece debajo en forma de rombo. Por eso hemos mandado llamar al rabino Leví, quien nos ha confirmado nuestras sospechas. Por favor, rabino… continúe usted. 

El viejo rabino nos ha dicho entonces, que está completamente seguro de que la cara aparecida en Bélmez es la de su amigo Haram al Sarif, el matemático musulmán junto al que creó el Libro de las Puertas, a cuya empresa se uniría más tarde Nuriel Oded Roa, el mismo que anda buscando los trozos del pergamino que contienen las claves de las primeras puertas para hacerse con el control del Ministerio.  

¿Y el rombo? —señala Lola— juraría que es el mismo rombo que hay en la puerta del Ministerio.  

Sí ese que está en una placa que dice… cómo dice… —prosigue vacilante Pacino— ¡ah, ya me acuerdo!: «fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son» …  

Me temo que así es —señala Leví—. Ese rombo es el vínculo entre Haram y Roa: entre el arquitecto musulmán y el cabalista judío; el musulmán amante de la perfección y la belleza que encierra la geometría y el judío apasionado por la magia de la cábala, representando así todo lo que reunimos en las páginas del ‘Libro de las Puertas’. Me gusta esta definición, queda preciosa. 

¿Y a qué creéis vos, rabino, que se debe su aparición en la casa encantada de Bélmez? —pregunta Alonso mientras no deja de hacerse cruces sobre cruces, como espantando los malos espíritus. 

—No sé, pero recuerdo que Haram hablaba mucho de Bélmez, un lugar situado en las que fueron tierras de entredicho entre el reino Nazarí de Granada y el Santo Reino de Jaén, por donde, según una leyenda musulmana, discurre «el camino de las nubes»: algo así, como un sendero trazado por la pugna de fuerzas existente entre el cielo y la tierra, capaz de decidir la lluvia, corregir los vientos, el paso de las aguas… hasta el mismo bullir de la linfa de quienes allí habitan, dicen que está marcado por dicho camino. 

De pronto, me viene a la cabeza aquella visión que tuve hace dos años en la casa de María, cuando para despedirme, miré por última vez hacia las inquietantes caras que habían surgido en el suelo de su cocina, y por unos instantes, vi que debajo de todo, muy profundo, discurría un río de aguas oscuras que me asustó aún más que aquellos rostros del suelo. 

Estoy seguro que el rombo obedece a una clave sobre los trozos de pergamino. Es más, estoy convencido que uno de los trozos está enterrado allí —prosigue Leví. 

Pues no perdamos tiempo: deben viajar de nuevo a Bélmez de la Moraleda. Concretamente, al día 9 de septiembre de 1971, para poder estar presentes en la excavación que se hizo al día siguiente y encontrar el trozo de pergamino. La suerte, que María ya los conoce desde el 23 de agosto. ¡Bueno! Excepto a Lola, evidentemente, y a usted, Alonso, que no viajó en la misión anterior.  

¿Y no podría encomendarme otra tarea? Bien sabe Dios, que estos asuntos me traen muy mala espina.  

Esta vez no hay excusa. Puede que sus compañeros lo necesiten. Tal vez Roa esté mandando también a su gente en este mismo instante. Así que no hay tiempo que perder. Tienen que adelantársele. 

Como hace dos años, llegamos por la puerta 93, cuya salida da a una cueva que llaman de Baltibañas, situada a unos tres kilómetros de Bélmez, en plena Sierra Mágina -también conocida como mágica-, muy cerca, por cierto, de las ruinas del castillo árabe a cuyo amparo fue creciendo el pueblo. De esta cueva se cuentan historias fantásticas sobre tesoros escondidos tras pasadizos secretos. Allí nos espera un enlace a quien le cogí un cariño especial en el viaje anterior. Su nombre es Eufrasio de Viedma y fue uno de los primeros agentes reclutados para el Ministerio en tiempos de la reina Isabel, aunque él procedía de un par de siglos atrás, donde fue un humilde pastor que hizo de guía por estas tierras a las tropas de Fernando III el Santo, entre las que destacó por su arrojo y valentía, alimentados por una fe ciega en el Señor de la Vida, cuyo cuadro se encontraba confinado por los musulmanes en las mazmorras del castillo y a cuyo rescate se consagró en cuerpo y alma. 

Os voy a dejar en el hostal del pueblo. Recordad que María descubrirá la reaparición de la primera cara que su hijo había destruido a las 19:35 horas, y que debéis ofreceros voluntarios para ayudar, en vistas de que al primer hueso que aparezca mañana, todos los obreros, salvo uno y el propio hijo de María, saldrán despavoridos de allí. 

El único hostal que hay en el pueblo está situado en el paraje que dio lugar a la actual población de Bélmez: el manantial de la Moraleda. Después de cenar, Alonso se va enseguida a la cama. Mientras yo pago la cena, Lola y Pacino se adelantan para dar un paseo por los alrededores. No hace falta ver a través de los objetos para entender que entre estos dos está empezando a discurrir cierta energía de la que, me da la impresión, no son aún muy conscientes de su existencia. 

Es bonito este lugar… esta gruta de donde sale el agua… y el sonido que hace al caer, que te da… como paz, ¿no? — le dice Pacino a Lola, ignorando por completo al resto del universo, y sobre todo a mí, pese a estar junto a ellos.  

¡Uy, Pacino!… ¡que no te conocía esa faceta! —responde una Lola guasona y un tanto coqueta. 

¿Me estás llamando ñoño?… Lola… que uno tiene sus momentos… 

Es que me sorprende oírte hablar así con esa facha de macarra que te gastas —Mientras Lola dice esto, apenas puede aguantarse la risa, que termina por contagiar a Pacino. 

 El agua de la fuente de la Moraleda, la noche, el final del verano… parecen detener por unos momentos el tiempo. Yo me he retirado con discreción unos metros. Ellos se miran como si estuviera a punto de ocurrir lo inevitable, hasta que Pacino, poniendo cara de pillo, mete su mano en el manantial y comienza una guerra de agua, primero con Lola, después conmigo y por último consigo mismo.  

Al día siguiente, me emociona tanto volver a ver a María, que se queda intrigada ante mi reacción. Suerte que está algo aturdida con la nueva aparición, y así no puede reparar mucho en mí. Bueno, y más cuando le presentamos a Alonso. 

Esa cara que ha aparecido es la suya. Mire, es su bigote y sus ojos, igual de grandes y oscuros — le dice María. 

Por Dios señora, ni por asomo se le ocurra decirlo. Por la santísima Virgen María, que yo no soy ese dibujo del diablo — contesta Alonso. 

Todo sale según los planes, así que quedamos para ayudar en la excavación que el alcalde manda hacer al día siguiente, por si aquello era, según dijo«lo de lo nuclear».  

Efectivamente, tras aparecer los primeros huesos, todos, salvo Sebastián, un albañil, y Miguel, el hijo pequeño de María, se niegan a bajar al enorme cráter abierto en la habitación. Así que, Alonso y Pacino se ofrecen voluntarios. En el pasillo, María no le quita la vista al trozo de hormigón recortado del suelo donde ha aparecido la cara, mientras sigue comparando sus rasgos con los de Alonso. Después se dirige a Lola. 

—Niña, ¿no eres tú muy jovencica p´andar por ahí con tanto hombre a tu vera? Mira que al Pacino ese no le encuentro buenas intenciones por ningún lao que lo mire. Y el de las melenas, qué quieres que te diga, que tiene la mirá misma de la cara esta, aunque puede que más asustao.  

No se preocupe por mí María, que yo sé defenderme sola. Además, ahí donde los ve, me tratan con mucho respeto.  

¿Con respeto y siendo hombres?… lo dudo… bueno… de Joaquín sí que te puedes fiar… pero de los otros dos, guárdate bien. 

Seguiré sus consejos— dijo Lola sonriendo.  

Estuvieron sacando huesos durante un largo rato. Lola y yo los hemos ido separando de los ripios, pero el trozo de pergamino no aparece. Es verdaderamente escalofriante, si te pones a pensar de dónde procederán estos restos óseos de niños: pequeños fémures, omóplatos, tibias, costillas… y ni una sola calavera. Sólo de pensarlo, me dan escalofríos. 

En esas estamos, cuando a la casa llega una comitiva encabezada por el alcalde.  

Pase comisario… aquí la tiene... 

El alcalde señaló el trozo de cemento recortado con la cara.  

Señor alcalde, como le he dicho ya, tenemos orden proveniente del mismo palacio del Pardo de llevárnosla.  

  Dos sujetos, que por su vestimenta y su proceder parecen ser de la brigada criminal, toman el trozo con la cara arrancada del suelo, mientras María mira aterrada la del comisario. Después me coge la mano y me habla en voz baja. 

Este hombre no es un policía… este hombre no es de este mundo y sus intenciones son muy turbias… 

Miro fijamente el fragmento con la cara antes de que desaparezcan por la puerta. Así, puedo confirmar las sospechas de María: en la esquina izquierda inferior entreveo una especie de caja o cofre pequeño que en la parte exterior tiene grabado un rombo. Estoy seguro de que ahí se guarda el trozo de pergamino. La gente de Roa nos lo acababa de arrebatar delante de nuestras narices.  

Cuando regresamos al Ministerio para informar a Salvador, este nos espera junto a Irene y Ernesto. Nada más darles la mala noticia, Irene abre el dosier que tiene en sus manos.  

—Afortunadamente tenemos un plan B. Tirando del hilo de la casa y de quiénes fueron sus habitantes en época de Haram, hemos descubierto que allí vivió la persona a quien encomendó el trozo de pergamino: su nombre musulmán es Muhammad al Wasi, aunque en el momento que vosotros lo conoceréis, ya se ha convertido al cristianismo, para con ello poder conservar las tierras de sus antepasados. Se bautizó como Francisco Martín, aunque en el lugar se le conoce como Quico el morisco o Quico el borracho.  

O sea, un moro converso que le da al mollate—interrumpe Pacino.  

Quico… borracho… ¿de qué me suena?… ¡Ya caigo!… las sicofonías del profesor Argumosa— digo con entusiasmo, aunque por la expresión que todos ponen, parece que estoy hablando en chino; así que procedo a explicarme. 

Hay unas sicofonías espeluznantes, las primeras que hizo el profesor Argumosa. Amelia Folch y yo estuvimos presentes en aquella famosa sesión con diez magnetófonos dispuestos en círculo alrededor de las caras. En una de las sicofonías resultantes una voz femenina no paraba de repetir: «Quico, borracho… que eres un borracho». Luego, el profesor Argumosa estaba en lo cierto con respecto a sus conjeturas: Quico vivía en aquella casa en el año… 

Mil cuatrocientos setenta y nueve… exactamente en el mil cuatrocientos setenta y nueve —dijo Ernesto—, treinta años después que el capitán baezano Fernando de Villafañe conquistara la plaza definitivamente para el entonces príncipe don Enrique, hijo de Juan II de Castilla y hermano de la reina Isabel. Treinta años desde que se les obligara a los habitantes originarios de Bélmez a bautizarse, si es que querían conservar sus casas y sus pertenencias. 

Viajamos a la Moraleda de Belmez, como parece ser que se llamaba el pueblo en aquel año de mil cuatrocientos setenta y nueve. Las casas eran por entonces de tapiar, con cubiertas de retamas y otras fajinas que se criaban en el terreno. Junto a la humilde iglesia, recién construida en el mismo lugar donde apenas diez años antes había una mezquita, se encontraba la casa de Quico Martín, a la espalda del cementerio, en el lugar exacto donde cinco siglos después estará la casa de María Gómez Cámara. 

Nos acercamos hasta la puerta y procedemos a llamar a Quico. A los golpes que Alonso da en la puerta, esta cede —al parecer está abierta—. Nadie nos contesta, aunque, provenientes de las estancias traseras, se oyen los reproches de una voz de mujer. 

Borracho… más que borracho… que eres un borracho… Quico el borracho… 

Entramos con sigilo, mientras un hombre contestaba a la mujer. 

Sabes bien que bebo vino para que me dejen en paz. Que es la mejor manera de que no sospechen de mí ni me denuncien.  

Pues, para la afición que le has cogido, de poco te ha servido, ¿no?… o me vas a decir que la paliza de anoche fue porque alguien te sorprendió orando alquibla.  

En este momento, ya hemos llegado hasta la habitación donde se encontraba la pareja. Entonces habla Pacino. 

Buscamos a Francisco Martín… nos envía Haram al Sharif.  

Sabemos que le encomendó la custodia de algo muy importante para él —le dije entonces yo—. Debemos recuperarlo. Es cuestión de vida o muerte. 

El hombre está, aparte de ebrio, todo magullado y lleno de moretones.  

—Pues han llegado ustedes tarde. Anoche se presentó un hombre acompañado por varios soldados. Decía llamarse don Pedro Arbués y venir en nombre de la Santa Inquisición. Estuvieron golpeándome durante varias horas. Yo creía que alguien me habría denunciado por seguir obedeciendo en secreto la ley del Corán, que me habrían sorprendido, pese a mi discreción, en algún renuncio, a pesar de que, para que no sospecharan, comencé a beber vino en público, y hasta he comido halufo con esos miserables colonos castellanos. Pero no, Arbués no buscaba mi confesión, sino el trozo de pergamino que me encomendó Haram… Lo siento, no pude aguantar más… compréndanme… me iban a matar a palos… 

Una vez más en esta misión, nos tocó regresar al Ministerio con las orejas gachas. Una vez más, la patrulla entera, estábamos dando explicaciones en el despacho del subsecretario. La vedad, que esta dinámica que habíamos tomado estaba empezando a no gustarme nada. 

¿Pedro Arbués? —dice Ernesto con cara de sorpresa—. ¿El canónigo de la Seo de Zaragoza merodeando por el Santo Reino de Jaén?… Porque en esa época, todavía faltan quince años para que mi hijo lo nombre inquisidor de Aragón…  

Me temo que de nuevo la mano de Roa está detrás de todo esto —reflexiona Salvador mientras se mesa la barba—. Ha debido reclutarlo, pero… ¿cómo el mayor enemigo de los judíos aragoneses –exceptuando al rey Fernando, claro- ha podido aliarse con Nuriel Odel Roa?…  

Extraños aliados tienen las guerras… o tal vez, no sean tan extraños; solo se necesita tener un enemigo común —dice Lola con ese convencimiento y esa impertinencia que le da su radiante juventud—. Es el vivo reflejo de lo que ocurre en estos tiempos. Ahí tienen a Rusia y a Estados Unidos y su comportamiento en Siria, ¿no? 

Tal vez Lola haya acertado con su apreciación —asiente Salvador— Probablemente, Roa le haya contado a Arbués su gran proyecto de mundo ideal, de historia sin errores y hayan sintonizado…  

El caso es que no sé por qué, siempre que merodeamos los primeros tiempos de este Ministerio, nos encontramos con mi hijo o con la gente del rey Fernando dando por saco, ¡joder! —dice Ernesto todo enfadado, mientras golpea la mesa de Salvador. 

Cría cuervos, Ernesto, y … —Pacino no termina la frase al ver la cólera en los ojos de Ernesto—, bueno… si eso, ya me callo… 

Haya calma, señores —media Salvador con gesto paciente— Centrémonos en lo que tenemos entre manos. Y de paso, dejemos para otro momento las conjeturas; de nada nos vale discutir qué demonios puede unir a Roa y a Arbués. Lo que tenemos que hacer, una vez más, es idear cómo recuperar el trozo de pergamino.  

O simplemente, descubrir qué pone en aquel trozo de pergamino —dice Irene—. Hemos pedido a Eufrasio de Viedma que indague sobre la relación de Haram con Bélmez y ha descubierto que estuvo por aquellas tierras cuando Yusuf ben Ahmad, uno de los últimos reyes nazarís, perdió la plaza de Bélmez frente a las tropas de Juan II. Haram llevaba encima aquel trozo de pergamino para ponerlo bajo la custodia de un viejo amigo de la infancia: el alcaide del castillo de Belmez. Pero desafortunadamente este murió en aquella contienda. Temiendo entonces que alguien lo detuviera y se apropiara del trozo de pergamino, se lo confió al primer campesino que se encontró labrando sus olivos y, adivinad quién fue. 

—Muhammad el borracho —dice Pacino con esa chulería suya saliéndosele por todos los poros. 

Tenemos que actuar de otra manera, teniendo en cuenta que Roa se nos está adelantando a todos los acontecimientos —continúa Ernesto—. A bien seguro que, previendo que no nos hemos rendido, una vez más, su gente aparecerá antes.  

Por eso, tendréis que viajar al momento justo en que se está produciendo la lucha —señala ahora Salvador— La puerta de entrada a aquel día da a la cueva del Chato, bastante cercana a la de Baltibañas y a la zona del castillo, por lo que Eufrasio de Viedma os ayudará a cruzar la Sierra Mágina, evitando así entrar en el campo de batalla y haciendo que os encontréis con Haram en la cuesta de los Gallardos, junto al nacimiento del río Jandulilla, el río cuya situación estratégica ha ocasionado la contienda. 

Salimos por aquella cueva, donde, una vez más, nos esperaba Eufrasio al cargo de unos caballos. Rodeamos los aledaños del castillo por una zona muy escarpada de monte. Desde allí se escuchaba con toda claridad el fragor de la contienda; cómo los musulmanes se lanzaban ladera abajo al grito de «¡Al-lahu-àkbar!» —¡Alá es grande!— y los cristianos avanzaban al reclamo de su capitán —¡Por Santiago y cierra Castilla!»—El chasquido de las espadas golpeando contra alfanjes y gumías resultaba tan escalofriante, que hasta me pareció escuchar cómo las carnes se rasgaban al contacto con las armas afiladas. 

Poco a poco, aquel insoportable ruido se hace pequeño detrás de nosotros, hasta casi desaparecer, pues en el interior de mi cabeza, varios días después, todavía se escuchan los gritos de dolor de los soldados. Alcanzamos por fin el río Jandulilla, el más pequeño de los afluentes del Guadalquivir. Lo remontamos por su margen derecho y, justo antes de llegar a la cabecera del río, nos encontramos con un jinete que puede responder a la descripción de Haram. Alonso le da el alto. 

¿Sois vos Haram al Sarif? 

—El mismo. ¿Por qué se me reclama, si es menester? 

—Venimos de parte de su amigo Abrahán Leví. Nos consta que su vida corre peligro. 

—¿Y quién osa atentar contra mí? 

—Nuriel Oded Roa quiere arrebatarle esos documentos que usted guarda con tanto recelo, ahí, bajo su capa— señalo yo con toda certeza. 

Lola le muestra una carta de Leví en la que se le explica el asunto con todo lujo de detalles. Después de leerla, busca el pequeño cofre entre sus ropas para entregárnoslo, pero yo me siento inquieto; algo va mal.  Miro entonces a través del cofre y veo que no hay nada dentro. 

—¡Es una trampa! 

A mi voz, salen de entre la maleza hasta seis sujetos armados con espadas. Alonso y Eufrasio desenvainan las suyas con tal rapidez, que bien pronto se han despachado a dos cada uno. Mientras, Pacino le ha descerrajado un par de tiros a otro de los esbirros de Roa que está a punto de atravesar con una daga la espalda de Alonso. A su vez, Lola finiquita al sexto de un certero tiro en la cabeza. A todo esto, el falso Haram ya debe andar con su caballo cerca de los cerros de Úbeda.  

—¿Se encuentran bien, señores? 

Detrás de nosotros habla un caballero que de nuevo responde a la descripción de Haram –aunque debo reconocer, que con más apostura y empaque que el anterior—. 

—¿Sois vos Haram al Sarif? —dice Alonso, esta vez con voz cansada. 

—El mismo que viste y calza.  

Y es que, a veces los poderes, más que un don, son esa pesada carga con la que vivir, pero trabajar en el Ministerio hace que este castigo-privilegio tenga sentido. Es como si el destino me hubiera reservado una misión que cumplir. 

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