Buscando algo bueno del confinamiento (2)

Querido lector: las entradas que te vas a encontrar en mi blog bajo este título son fruto de las reflexiones diarias que he ido escribiendo cada mañana durante el confinamiento en el muro de mi Facebook. Siempre las acompaño además de una canción que por lo general sirve —nunca mejor dicho— de pretexto a lo que escribo.

15 de marzo de 2020

Photo by Wyatt on Pexels.com

Quien me conoce sabe que yo siento, respiro, hablo música; en particular, la que hay dentro de la partitura de mi ADN, cuya espiral se dibuja entre las oscuras sombras de unos acordes menores, a los que, de vez en cuando, sobresalta el cruce de un inesperado sostenido.
Ayer, durante el concierto en Instagram de mi querido Javier Ruibal, mientras me emocionaba como un niño, me trasladé de nuevo a Córdoba, justo a aquellas ocasiones en que su música me estremecía por primera vez, aunque ya sus canciones sentenciaban como si fueran las últimas. Fue en un concierto primaveral, en la Plaza del Potro. Ruibal, no solo se coló en la banda sonora de mi convulso reino de altibajos, sino que, una de sus canciones pasó a ser el himno del país de la desesperación; el himno de la tierra del amor terminal. Esa canción era «Amada»: una ‘romanza de desertores’. El canto de un cobarde enamorado que me apropié sin cambiar un giro, sin quitar una coma; sin cuestionarme una sola palabra desde la primera vez. ¡Gracias, Javier!

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