
Un folio, espacio en el que caben aproximadamente cuatrocientas palabras. Este es el campo de batalla donde los jóvenes quinceañeros españoles están perdiendo la guerra. El motivo está en que no saben manejar una habilidad que nació junto a la escritura y la lectura, y que el hombre ha ido perfeccionando, para avanzar en el entendimiento de todo lo que nos rodea y así poder aspirar a manejar el mundo. Me refiero a la comprensión lectora, la llave que enciende el motor del conocimiento de todas las ciencias, ya sean las humanidades, las sociales o las matemáticas.
Entretanto, yo, un soldado de la generación X perdido en la frontera de los baby boomer, machaco mi sesera analógica, montando vídeos de veinte segundos para TikTok, a la espera —iluso de mí— de que jóvenes con atención distraída pinchen en el enlace a este artículo de quinientas sesenta y siete palabras. Tremenda paradoja, ¿no?
De repente, la vida moderna, que ayer ya era un continuo «scrollear», deslizando el dedo arriba y abajo hasta el infinito y más allá, hoy ha amanecido plagada de compendios, análisis y resúmenes para estudiantes de secundaria hechos por la madre de todas las IAS: la inteligencia artificial de textos; una potentísima arma diseñada para crear escritos sin alma, y cuyo manejo terminará por atrofiar los cerebros de sus usuarios, hasta hacerles perder por completo sus capacidades para sintetizar ideas, para analizar conceptos y para extraer conclusiones. Un avance tecnológico que, utilizado sin prescripción facultativa —en este caso, por parte de las autoridades académicas y educativas—, se terminará convirtiendo en una fábrica de jóvenes con escasas o nulas aptitudes para debatir y llegar a acuerdos; para empatizar y ponerse en la piel del prójimo.
Un folio, espacio en el que cabe aproximadamente este artículo, terminará siendo la medida de nuestra incapacidad, la señal de nuestra inoperancia, la huella de nuestra carencia, por muchos ejemplos, por muchas comparaciones, por muchos sinónimos que yo escriba en él, en un desesperado intento de retardar, incluso de paliar los ruinosos efectos de la involución humana que —se supone— ya está provocando el acelerado raquitismo de nuestra comprensión lectora.
Será precisamente por esos vestigios viejunos que aún nos atan a nuestras primitivas capacidades tan del siglo pasado, que hemos de resistirnos a que también ese 1% más rico de la población mundial, esos magnates de las tecnologías que ya se las arreglan para no pagar impuestos y para sisar nuestros datos y, de paso, menguar nuestras rentas de clases medias y bajas, terminen también por borrar las capacidades cognitivas de las nuevas generaciones (según el informe PISA en 2026, los jóvenes de 15 años de Andalucía están precisamente 15 puntos por debajo de la media nacional, que también ha bajado de manera alarmante).
Dejémonos de escusas y echémonos las culpas los unos y los otros. Esta involución sufrida por el alumnado español viene ya de décadas atrás, de sistemas educativos inoperantes de los que son responsables gobiernos de un signo y de otro.
Apelemos entonces a nuestra comprensión lectora y no nos detengamos en la superficie. Reconozcamos que, debajo de tanta tecnología, de tanta inmediatez y parquedad en los mensajes de las redes sociales, de tanta IA (Idiotez Artificial), hay una culpa primigenia de la sociedad y por ende de las familias, que han descuidado su atención, su deber de vigilancia y, en general, su apoyo a la adolescencia.




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