Buscando algo bueno del confinamiento (1)

Querido lector: las entradas que te vas a encontrar en mi blog bajo este título son fruto de las reflexiones diarias que he ido escribiendo cada mañana durante el confinamiento en el muro de mi Facebook. Siempre las acompaño además de una canción que por lo general sirve —nunca mejor dicho— de pretexto a lo que escribo.

Preludio

De repente, aquel día, todos los «culturetas» del mundo desempolvamos nuestro ejemplar de «La peste» y, redichos y descreídos, releímos a Camus. Dice Caballero Bonald en el prólogo, que la realidad es implacable y nos sitúa frente a la crueldad de un destino que afecta sin distinción a todos, tanto a culpables como a inocentes. Todos somos prisioneros en esta misma cárcel; todos cumplimos idéntica condena. Luego la única solución es la lucha solidaria. Más de setenta días después, dada la estupidez humana, dudo mucho de esa solución propuesta, tan tristemente irreal y utópica.
Pues eso, no nos hemos dejado de politiqueos ni de tonterías varias; ahora que tocaba ser, sobre todo, solidarios. Ahora que es cuando tocaba demostrarnos nuestros valores.

En estas circunstancias, siempre sale lo mejor y lo peor de las personas.
Y sí que hubo muchos madrileños con segunda vivienda fuera de la capital que salieron huyendo —para muestra el botón dorado de la americana del ex presidente Aznar—. Inmediatamente, el instinto animal y su espíritu de supervivencia afloró; también en aquellos que los vieron bajar del coche y trasladar las maletas, a quienes solo les faltó pedir que los quemaran en la hoguera. Esta inmundicia es sin duda la Humanidad en la que nos hemos convertido.

14 de marzo de 2020

Photo by Grevin Kivi on Pexels.com

Buscando algo bueno del confinamiento (1)

Buscando algo bueno del confinamiento, me he asomado a la calle para escuchar el silencio. Puedo escuchar incluso hasta el temor que me impone tanto silencio —y el canto de ese pájaro que no sé cómo se llama y que siempre nos anuncia la lluvia—. Ese silencio lo percibo ahora con tanta intensidad, que no sé por dónde empezar a contemplarlo, a disfrutarlo. Y mientras la luz del semáforo golpea la ventana de mi habitación, mi voz interior me dice: «tranquilo Juan, no tienes nada que demostrarte».

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