Imaginaos que, vosotros, españoles y españolas de cierta edad —aunque no mucha, pero sí la suficiente como para tener conciencia de la tan denostada transición española—, despertarais de un coma inducido justo tras el verano de 1992, aquel año en el que creímos morir de éxito tras la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona; aquel preciso instante de nuestra reciente historia en el que, por fin, quizá desde la pérdida de las colonias, nos sentíamos orgullosos de nuestros logros como país. Imaginaos que, una vez despojados de tubos, cables y demás aparataje médico, una vez que nos hubiéramos sacudido el aturdimiento de los primeros días, nos enfrentáramos a la España preelectoral, casi «preapocalíptica» de este otoño de 2026.
Imaginaos que vosotros, adolescentes en la gloriosa transición y durmientes en la indolencia década tras década, hubieseis tenido una incondicional admiración por aquel primer presidente de la democracia española, el tal Adolfo Suárez González, a quien le oísteis hablar por primera vez de ese utópico concepto de la centralidad política; ese equilibrio imposible que resultó adolecer de una inevitable querencia a la derecha, pero a una derecha muy moderna y muy europea, que andaba huyendo —al parecer de boquilla— de sus orígenes franquistas, y que hoy, al despertar en mitad de este extraño mes de octubre de 2026, os encontráis a quienes antaño conformaban ese espacio político, concurriendo codo con codo, propuesta política tras propuesta política, con los herederos de aquel partido rancio y residual que fundó un notario llamado Blas Piñar. O que vosotros, igualmente adolescentes entonces, pero fanáticos de la chaqueta de pana de aquel Felipe González Márquez, a quien —antes de vuestra siesta de años— aún admirabais por encima del marxismo, y hasta del socialismo, y a pesar de aquella decepción con lo de la OTAN, para encontraros con este personaje del ahora, con apariencia de monstruo de la prehistoria más que de jarrón chino, que aborrece sin cortarse un pelo del actual líder de su partido y actual presidente del gobierno español, un tal ¿Perro Sánchez? O que vosotros, otros imberbes de mitad de los setenta que, al contrario que los anteriores, fue con un maestro nacional, un tal Julio Anguita, con quien aprendisteis a leer el catón de la política y quien os enseñó a escribir con buena caligrafía social y sin faltas de justicia, pero que, al abrir los ojos de este eterno letargo, os encontráis con que, aquel artefacto suyo de la Izquierda Unida, sigue tan separado, dividido, desconectado, desvinculado, roto, disperso, aislado, desprendido, escindido y disgregado como lo estuvo en el siglo pasado.
Seguramente que os sentiríais presos de una broma macabra o trasladados a uno de esos mundos paralelos que propuso el físico Hugh Everett al plantear que la función de onda nunca colapsa, y que, en su lugar, cada vez que ocurre un evento cuántico lo hace con múltiples resultados posibles. El caso es que, creamos o no en un universo que se ramifica en realidades paralelas, esta alternativa que nos está tocando vivir bien parece una distopía de lo que se podía intuir, por muy escépticos y hasta pesimistas que fuéramos, en aquella apoteósica década final del siglo XX español. Una distopía parecida a la que Juan Soto Ivars nos contaba en Crímenes del futuro, libro editado en 2018 —cuando era un novelista tirando a la izquierda, justo antes de convertirse en este incalificable personaje así mismo distópico que es ahora— donde todo el mundo incumplía la ley, pues «parecía impuesta a mala fe para impedirles lo más básico para la subsistencia» a los pobres, aunque —continuaba Ivars— sean los ricos «los que al final suelen hacerlo sin castigo».



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