Van dos años ya, que se viene produciendo una alarmante falta de previsión por parte de la Delegación de Educación de la Junta de Andalucía en Jaén en cuanto a la negociación del transporte de los jóvenes estudiantes de muchos de nuestros pueblos (incluidos los de Sierra Mágina). Van dos años ya, que sus madres y sus padres han de ponerse en modo reivindicativo para exigirle a la administración correspondiente que hagan, aunque sea tarde, lo que viene siendo el normal desempeño de su trabajo. Y van dos años ya, que los diarios de nuestra provincia abren sus portadas con el no, primero, con el casi, después, con el sí, pero no, a continuación, hasta que, por fin, se produce un acuerdo después de un mes de haber comenzado las clases. De hecho, para opinar sobre este tema, yo mismo podía haber copiado por completo, sin mover ni un punto ni una coma, mi columna aparecida en el mes de octubre del año pasado en Ideal Sierra Mágina, y nadie —o casi nadie— lo habría notado.
Esta manera de proceder de algunos políticos jienenses empieza a generar en la opinión pública y en la ciudadanía en general mucha pereza. Primero, porque no se puede estar continuamente indignado con la dejadez, con el ninguneo y con la desfachatez que los diferentes actores y las diferentes administraciones demuestran con Jaén, y especialmente con las comarcas más necesitadas —que son también las más tensionadas— de la provincia. Eso sería humanamente imposible de soportar. Pero, sobre todo, porque empieza a dar la impresión de que denunciar y protestar por el mal funcionamiento de los servicios públicos básicos —y por ello, esenciales— ha terminado convirtiéndose en un acto vacío e inútil; que escribir esta columna, junto a las decenas más que se escriben a diario haciéndose eco de las carencias endémicas de nuestra provincia, está produciendo en sus destinatarios el efecto contrario al que se pretende.
Se vislumbra así un paisaje muy peligroso, donde los políticos han terminado por instalarse en la inoperancia, cuando no en la inacción, al parecer, a fuerza de costumbre. Es como si estuvieran convencidos de que su rol como políticos consiste en figurar en todos los saraos, hablar mal de los enemigos políticos y llevarse el sueldo calentito, mientras que, por otra parte, hubieran olvidado por completo en qué consistía aquello tan lejano en el tiempo y en la conciencia del bien común y los servicios públicos. Un paisaje con un aire enrarecido, donde los ciudadanos, vencidos por la decepción y el desencanto, empiezan a descreerse de los mecanismos democráticos, a la vez que se dejan llevar por esa pereza, que parece ser irresistible, cada vez que alguien —por ejemplo, un incauto columnista— les habla de política.
Por la parte que me toca como ciudadano, y también como columnista que analiza la situación política, no puedo contagiarme de la decadente dejadez del momento. Debo continuar advirtiendo desde esta tribuna, aunque me duela la boca o me falten las palabras, de que, el analfabetismo político que termina por producir la mencionada apatía, tanto de los representantes como de los representados políticos, no va a borrar los problemas del coste de la vida ni de los servicios públicos. Y que el empobrecimiento del debate, la pereza intelectual de estos políticos de trazo gordo e insulto a flor de piel va a opacar el que fluyan soluciones creativas y brillantes a los nuevos y a los viejos retos que se nos presentan. Así que, vayámonos ya desperezando de una vez por todas.




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