Presentación de Plegaria para pirónamos de Eloy Tizón
—Espacio Fundación Telefónica, 22 de septiembre de 2023—
Querido Eloy:
Sí, querido, porque he sentido la fortuna de tu abrazo, de tu amistad literaria. A pesar de ello, de tu generosidad impropia en este mundillo, procuraré no caer en la adulación ni en ninguna de esas zarandajas que, como bien dice Felipe R. Navarro, nada tienen que ver con la soledad del lector frente al libro. Como te dije mientras estampabas una desmelenada llama roja en tu dedicatoria, tu Plegaria para pirómanos es pura gasolina, «para avivar el fuego», continuaste tú. Sí, para alimentar los incendios particulares de quienes te leen, porque estoy con Daniel Monedero en que tus cuentos «dan ganas de vivir y escribir a la vez», y eso me provoca un balbuceo con el que, paradójicamente, me siento seguro, por esa familiaridad que me devuelve su recitar atropellado, su incontrolado esputo contra el espejo.
Ahora se me ocurre que, haber ido a la presentación de tu esperado libro de relatos con sus brasas aun quemándome los dedos, ha resultado contraproducente. Tras diez años en los que todos hemos sentido la impaciencia menos tú; que mientras tanto estabas en otras cosas, como que te apretaban los zapatos, y de repente la infelicidad con su tristeza, la misma o parecida a la de Cortázar o a la de Cohen, pero eso sí, siempre a tu ritmo: pausado y profundo.
De ahí el alivio que parecía adivinársele a Juan Casamayor, a la par que apuntaba ese guiño en tu título a Capote y, a su vez, ambos a Santa Teresa, porque ese es el lado de la calle —y por contradecir a Aleixandre— por el que discurren estos cuentos que cuentan la vida —mitad magia, mitad espanto, señaló después Carlos Castán— a base de todos los besos no dados. Porque tú has cambiado, nosotros hemos cambiado, y tu escritura ha cambiado con todos esos «tus» —todos esos Erizo— diferentes que has vivido o has escrito.
Querido Eloy, qué quieres que te diga, pues yo, como me imagino que casi todos tus lectores, me alegro de que fracasase tu plan perfecto para no volver a escribir ni un cuento más. Me regocijo además de ello, de que, sin prisa, pero sin pausa, encontraras una fisura por la que seguir horadando, por la que seguir buscándole tres pies al gato que merodea tus pesadillas y tus anhelos, por la que esperar después la fuga de las palabras, que son gente, diría Lispector; o, como tú prefieres, por la que espiar a la gente que son palabras.
Como ya dije al principio, no quiero hacerte la pelota, aunque haya encontrado en la lectura de tus cuentos momentos cercanos a ese lirismo de la patata frita, esa poesía escondida de las palabras corrientes al encajar entre sí de esa única y casi perfecta manera, como en un puzle inacabado, pero que, a falta de dos, tres piezas, ya se adivina. Entonces es cuando tú, con todo el cariño del mundo y la delicadeza precisa para que no nos percatemos, dejas que tus niños-lectores lo concluyamos.
Vuelvo, por último, a tu dedicatoria, a este placer que compartimos por el fuego de la literatura, para apuntarme en mi propio diario otras tantas cosas aprendidas de uno de mis escritores favoritos, comenzando por una advertencia: «A fin de cuentas, nadie te obliga a llevar la vida desquiciada, llena de dudas, del creador, en lugar de la vida pacífica, sensata, del lector medio de periódicos». Esa vida de merodeador de otras vidas, qué importa si tuyas o de los otros anónimos a los que has cogido desprevenidos —¿no sería a mí a quien viste llorar bajo los reflejos destellantes de una bola estroboscópica de discoteca ochentera? —, puede que hasta muertos. Esa vida intrusa en lo que aún está vivo de la muerte, para trastocar ese estudiado desorden que tantos años le ha llevado construir a ese alguien que no es nadie, al menos conocido: los libros esparcidos por la mesa dibujando con su rastro el discurrir de su inquietud, los platos en el fregadero con restos de comida que delatan su ansiedad, las arrugas de las sábanas y los pliegues de las mantas describiendo los paisajes de su desazón…
Por supuesto que no olvidaré la premisa del gran filósofo Gila, a pesar de que, tanto en la vida como en la literatura, y como buenos tímidos que se precien, hayamos tenido más Janes Henderson de Paris, Texas que Mariannes de Leonard Cohen. Ahora, eso sí, yo también hubiese elegido para leer esos mismos fragmentos de tus relatos que eligió Vanessa Simonka, mientras inundaba de sol el auditorio del Espacio Fundación Telefónica, ataviada con su inconfundible sonrisa.
Gracias de nuevo, querido Eloy, por la gasolina.













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