«What’s up, Doc?»— decía el conejo de la suerte, que así lo bautizó la censura franquista, alérgica como era a los anglicismos. Y eso mismo es lo que yo me he preguntado nada más despertarme esta mañana: ¿qué hay de nuevo, viejo?… Y solo un eco enorme, ensordecedor, puede contestar a la pregunta, cuando intuyes todo lo que nos queda por andar para llegar quién sabe dónde.
Para afrontar un tiempo incierto con solvencia, primero tienes que desaprender y despojarte de hábitos adquiridos o impuestos —qué más da a estas alturas de la película— para comenzar de nuevo. Eso me lleva hasta los tiempos iniciáticos, cuando mi padre, muy metido él en el papel de Euristeo, nos tuvo todo un verano limpiando aquella inmensa pocilga, lugar donde pude comprobar de primera mano la condición omnívora de los cerdos. Creedme: cuando esos monstruos tienen hambre, son capaces de devorarse entre ellos. Son como un prototipo de hombre, más simple y descarnado.
Luego, hago ese «reseteo», aprendo de nuevo a pedir permiso, a valerme de la fertilidad y del vigor de la tierra con un gesto de mis pies, de mis brazos, de todo mi cuerpo; inclinándome siempre ante ella para servirme de sus frutos. Busco en mi mente otros caminos, otras perspectivas, otros procesos que me lleven a respuestas, a conclusiones en concordia y armonía con este cielo ahora tan azul cuando está despejado; más gris que nunca cuando se nubla. Desecho de mi diccionario palabras vanas, viciados engendros lingüísticos que enturbiaron nuestra capacidad para comunicarnos con el otro, con el prójimo. Para ello me sirvo de todos esos libros que fueron mi Biblia —mis cuarenta y seis imprescindibles clásicos y los veintisiete que me marcaron después de García Márquez—. Por último, siempre me quedará la música, o no, porque tal vez no me habré percatado de que con ella empezó este proceso: primero un inmenso e insoportable silencio que invadió mi alma con su ruido; después, Dios tomando una moneda e introduciéndola en la ranura de su «jukebox», donde, una a una, todas esas viejas melodías que no sabía que encerraba en mi corazón, comenzaron a sonar.
No, no voy a entrar en disquisiciones filosóficas sobre si lo importante es llegar o disfrutar de lo vivido. Sobre esas mierdas ya he pensado demasiado. Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, haremos caso al «colgao» de Jim Morrison y, tras pedirle al de arriba que ponga el «Roadhouse blues», me cogeré con fuerza al volante mientras canto: «Let it roll, baby, roll…»




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