Reseteando el mundo

—Artículo para Ideal Sierra Mágina, febrero de 2021—

Hay quienes sentimos a España como algo íntimo y perteneciente a la esfera de lo privado. De hecho, creo tener localizado mi sentido patriótico en lo más hondo de mis entresijos. Tan escondido, aunque no desaparecido, que a veces lo confundo con mi apéndice, pues se trata de un tumor —no sé si benigno o tirando a chungo — que parece estar cosido a dicha víscera. Suele manifestárseme con un ligero resquemor; algo así entre un te quiero y un te odio. Para quienes no saben de qué demonios estoy hablando, porque son españoles de otra manera, les diré que esto que yo intento explicar es lo más alejado que pueda haber a una bandera aireada; un exhibicionismo farisaico mediante el que todos vean cómo de grande es el amor que se tiene por la madre patria.   

Dicho esto, hay algo en lo que coincidimos todos, ya sea con alarde de banderas o con recogimiento de sentires: la diversidad de esta piel de toro que habitamos y nos habita a la vez, con su hermosa asimetría de pareceres y seres que da sentido al tópico de que Spain is different. Para muestra, todos los botones salidos estos días del cajón de la costura que zurce nuestra estructura política: diecinueve maneras distintas —las de sus diecisiete autonomías y sus dos ciudades autónomas— de afrontar un panorama igualmente desolador para todos; punto porcentual arriba, punto porcentual abajo. 

En estos momentos de incertidumbre, cuando sigue dándose un generalizado dislate acá y acullá entre nuestros prebostes, el resquemor de lo patriótico se me agudiza hasta que me atizo a mí mismo un encolerizado latigazo de amor-odio, provocado por la derrota descrita por la embarcación de lo común, fruto de una deriva de los vientos —tanto víricos, como los otros— que está resultando bien diferente a lo que nuestros políticos decían tener trazado en sus respectivas cartas de navegación. 

Estoy escribiendo esto, mientras intento apaciguar ese cansancio que se ha terminado haciendo dolor de tanto que perdura ya en el tiempo, repitiendo su tortura una y otra vez: esa montaña rusa de relajación de normas que luego hay que volver a endurecer; esa incontinencia por festejar que habrá de cargar sobre nuestras conciencias con el peso de todas las lápidas de quienes morirán como consecuencia de ello. 

Para evitar la autoflagelación que me trae lo de la patria, he de alcanzar una cadencia ideal en la respiración que me haga relajarme. Lo primero de todo para conseguirlo, será huir de la arena mediática, donde, con toda probabilidad, espurias argumentaciones a uno y a otro lado del espectro político traten de adulterar los hechos. Y la verdad, que no resulta fácil, sobre todo, cuando a cada paso me tropiezo además con esa marabunta de ridículos memes disfrazados de opinión, que el personal pretende elevar a categoría de dogmas irrefutables de la nueva religión del negacionismo terraplanista o del forofismo político a ultranza, tan de moda ambas tendencias en esta temporada.   

 A todos esos «tontolistos desenmascarillados» seguidores de «Médicos por la verdad» y demás zarandajas que claman contra las vacunas o afirman que la nieve es de plástico, hay que ignorarlos; nunca insultarlos ni bloquearlos. Y a todos los cansinos del «y tú más», hay que dedicarles un sonoro ninguneo que termine por hacerlos desaparecer de lo relevante.  

Cuando no solo dejemos de oírlos, sino que nos hayamos olvidado por completo de ellos, prevalecerá la verdad destilada por esas otras mentes contemporizadoras — que no «bienqueda—, verdaderos expertos de todas las disciplinas dispuestos a arrojar un poco de sal y de sentido común a este resbaladizo suelo que se nos está quedado bajo los pies. 

Solo entonces, con las ideas claras, la conciencia tranquila y el patriotismo sobrellevado por cada cual a su manera y en su casa —y España en la de todas las muchas y diversas Españas—, quienes logren esquivar el fuego amigo y vencer al fin a este enemigo invisible, lo habrán hecho sin tener que pasar el resto de sus vidas yendo a terapia. Y esto requiere, sobre todo de valentía —que no de temeridad—, porque plantar cara a lo malo con la mejor de las actitudes, conlleva canalizar todo el miedo que nos corroe por dentro, convirtiéndolo en la energía que mueva la máquina.  

Para darle un empujón al asunto y ayudar a conseguirlo, nada mejor que una buena arenga. Y si nos damos una vuelta por esas redes sociales del demonio, seguro que encontramos el tipo de proclama que más se ajuste a nuestro gusto —seamos de los de las banderas o de los de la patria en las tripas—. Porque habrá quien prefiera un discurso sencillo y directo, dirigido desde el corazón de la «Mama Mágina» al mundo entero, como el que desgrana en sus vídeos el cambileño Pepe López Ballesteros, infatigable defensor de nuestro olivar tradicional. Aunque puestos a elegir, me vais a permitir que yo me motive con lo que le oí recientemente a nuestro escritor y también paisano, Jose Alberto Arias Pereira: …y ahí estaremos nosotros: en las calles, en las plazas, en las terrazas… reseteando el mundo, aunque seamos otros.  

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