El escritor y la Red

Navegar por su jurisdicción nos hará descubrir ingentes oportunidades entre exóticos paisajes cambiantes a cada paso.

escritorio

“Las redes sociales
le dan derecho de hablar
a legiones de idiotas”

-Umberto Eco-


     Estamos en 2018, apenas 50 años transcurridos de la nueva era: la era de internet. Los acontecimientos en la autopista del conocimiento se suceden de manera tan vertiginosa, que un solo parpadeo ante la pantalla del ordenador te hará perder el hilo. La red aún conserva ese olor a nuevo que ilusiona, y a pesar de que, desde el momento mismo de su irrupción en la historia, cuente con su leyenda negra -con su lado oscuro plagado de abismos y agujeros negros-, navegar por su jurisdicción nos hará descubrir ingentes oportunidades entre exóticos paisajes cambiantes a cada paso. Al menos, así lo vengo mascullando yo desde hace un par de años, cuando el liberalismo salvaje decidió terminar a golpe de despido con mi versión analógica, la cual sobrevivía de mala manera bajo una caduca carcasa de mando intermedio -puesto por otra parte casi extinto- en una multinacional de la distribución. El caso es que, una vez liberado de aquel trabajo alienador que fagocitaba toda mi energía con su toxicidad malsana, me sentí con fuerzas renovadas para retomar mi antigua vocación: escribir.

PérezReverte
El escritor Arturo Pérez Reverte, siempre muy activo en redes sociales

La isla de Faceboock, en cuyas costas lucía una gran pancarta pidiéndome amistad.

    Por supuesto que, como a muchos escritores de nuevo y viejo cuño, las redes sociales ya habían llamado poderosamente mi atención. La fluorescencia de sus luces refulgía desde lejos: primero, más cercana, la Isla de Facebook, en cuyas costas lucía una gran pancarta pidiéndome amistad; detrás, la vecina Isla de Twitter, con sus sirenas varadas profiriendo hipnóticos cantos desde su antigua prisión de 140 caracteres. Atraqué en la primera a principios de junio de 2010. Por aquel entonces era un paradisíaco lugar de playas vírgenes donde te reencontrabas con viejas amistades a las que, con los años, habías perdido la pista, y con quienes recuperabas antiguas y olvidadas historias que fueron el material de mis primeros relatos. Allí fue donde fijé mi residencia literaria y, a la sombra de la efe blanca sobre fondo azul, adquirí un nuevo hábito: escribir en un muro que, lenta pero certeramente, me iba impregnando de cierta visibilidad; o eso me decía para mis adentros, mientras la pantalla del PC me devolvía el reflejo de mis palabras embutido en su empaque digital y vanidoso. Después, todo vino rodado, no sé si por la misma inercia o por esa euforia que me daba el lanzar consignas a la inmensidad del ciberespacio, pues sentía que tenía algo que decir. No tardé mucho en hacerme con un portátil y casi al mismo tiempo abrí mi primer blog sin llegar a sospechar siquiera la cantidad de cosas que Facebook ya sabía sobre mí, hasta el punto de haberme sugerido que recogiera mis relatos en un blog y hacerme creer que la idea había sido mía.

La Red es como la vida misma, cuyos engranajes hacen que te detengas en unas determinadas personas y no otras.

     Los años fueron pasando mientras, por días, internet se volvía más democrático. Surgieron entonces, casi de una manera exponencial, “legiones de idiotas” –que diría Umberto Eco-; los necios se habían conjurado para cambiar su lugar natural, la esquina más apartada de la barra del bar -allí donde nadie escuchaba al tonto del pueblo-, por una trinchera virtual desde la que disparar con su móvil de última generación ráfagas de tuits falsos que terminaron por enfangar todo con un lodo tóxico de octavillas, cuyas consignas, a fuerza de repetirlas hasta la saciedad, se veían inevitablemente elevadas a dogma para la ignorante masa.

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Juan Soto Ivars, autor de “Arden las Redes”

    Fue en ese momento que aproveché para conocer a fondo la manera de proceder de mis colegas de letras. Y me encontré de todo en la viña de la Red: ahí estaban quienes se morían por un “me gusta”, porque han venido a este mundo para hablar de su libro, por supuesto; esos escritores que nunca te alabarán en vano si no son correspondidos según la norma no escrita de la reciprocidad, ese compadreo insoportable rayano en lo baboso que suele practicar la oficialidad de la profesión, aún a sabiendas de que ser el más popular te hará influencer, que no buen escritor. Por entonces estuve a punto de abrirme paso a tumba abierta en las réplicas y contrarréplicas del Twitter, pero nunca me vi con los arrojos suficientes para enfangarme en sus arenas movedizas. Es más, considero que hay que andar muy loco o estar tan habituado como Pérez-Reverte al silbido de las balas a tu espalda, para adentrarte en la jungla del pájaro azul. Ni llevando en la mano un ejemplar de Arden las redes, ese manual de primeros auxilios sobre la “poscensura” que el periodista Juan Soto Ivars ha ideado para incautos y temerarios de las redes, me sentiría cómodo, ya fuera opinando o creando en esos lares, aunque he de reconocer que sus indicaciones me han sido muy útiles cuando me he sentido amenazado por troles y patanes varios. A Soto, como a Sergi Bellver, Manuel Astur, Sergio C. Fanjul, Laura Ferrero y al gran Eloy Tizón y su Velocidad de los jardines, los he ido conociendo a la vez que tiraba del hilo que la red teje de una manera

velocidadenlosjardines
“Velocidad en los jardines”, libro de relatos de Eloy Tizón, uno de los más sobresalientes autores de cuentos en lengua castellana.

obstinada y concienzuda: escritores que llevan a otros escritores. La Red es como la vida misma, cuyo engranaje hace que te detengas ante unas determinadas personas y no otras, que caigas en una serie de circunstancias y que se te presenten ciertas oportunidades y no las de más allá. Y todo con una precisión tan milimétrica, que pareciera fruto ¿de la casualidad o de la causalidad? Eso sí, no sé si al final logre descifrar las claves que me lleven al producto literario ideal de esta Nueva Era, pero sea cual sea su soporte, sea cual sea su apariencia y su virtualidad, espero que esté lleno de verdad, o al menos de mi verdad.

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