Novela de Antonio Reyes
Hace unos días hablaba con Antonio Reyes acerca de lo que consideramos imprescindible en literatura, y ambos coincidíamos en que la lectura, y por ende la escritura, debe resultar antes que nada creíble. Se me ocurre, por ejemplo, El señor de los anillos, un libro donde J.R.R. Tolkien vino a reflejar la experiencia más terrible de su vida durante su participación en la batalla del Somme, una de las más sangrientas de la Primera Guerra Mundial. Allí, el joven Tolkien vio cómo casi todos sus amigos cercanos morían en combate. Es más, como filólogo, estaba familiarizado con el latín, el griego, el italiano, el español, varios idiomas germánicos antiguos, el gótico, el nórdico antiguo y el inglés antiguo. De ahí que las «lenguas élficas» que creó para su obra resulten tan creíbles.
Concluíamos Antonio y yo, que la verisimilitud de lo que leemos debe asentarse en una cimentación sólida, en una vivencia, en una verdad que le dé consistencia a lo escrito. Un cemento que el escritor debe encontrar en sus propias circunstancias.
Todo esto viene a colación de la última publicación de Reyes, El verbo y la carne (Editorial Círculo Rojo, febrero 2024) una novela negra escrita, como él mismo dice, «para incomodar». No en vano, desde el momento que esta obra vio la luz, no han faltado voces reprochándole al autor que haya escogido para su libro una temática tan delicada, como son los abusos a menores. Sin embargo, para quienes hayan leído a Reyes con anterioridad, o lo sigan asiduamente en la prensa o en las redes, esa incomodidad, ese meter las narices donde no lo llaman, esa especial sensibilidad por temas que levantan ampollas, es su seña de identidad, está en su propia vivencia, dándole consistencia y credibilidad a su escritura. Es más, en cierto modo, Gasco Álvarez, el expolicía metido a detective que protagoniza su novela, viene a ser un trasunto de ese Antonio Reyes defensor de causas perdidas que dice haber perdido la fe en el ser humano, pero que, con su contradictoria manera de actuar, no ceja en la búsqueda de un último reducto de bondad y de conciencia social que termine calando en el lector. Por otra parte, la novela acontece en la ciudad gallega de Vigo, como se deja entrever de manera indirecta, donde Reyes vivió durante cuatro años. Además, esa clara declaración de intenciones que alumbra el propósito de la novela se ve apuntalada por el «verbo» ágil y preciso que tan bien casa con el género policiaco, y al que nos tiene acostumbrados Reyes, reforzada a su vez por la brevedad de sus capítulos, aunque tal vez sería más preciso denominarlos escenas o secuencias, como si de un guion cinematográfico se tratara.
De todas maneras, no me parece a mí que, en El verbo y la carne, Antonio Reyes esté buscando parecerse a ciertos autores españoles del género negro, cuyo gran éxito de ventas resulta inversamente proporcional a la poca autenticidad de su escritura, mientras se empeñan en reproducir clichés copiados (más que asimilados) de autores norteamericanos o del norte de Europa. Aunque Gasco no deje de ser un detective clásico (corrupto, bebedor y cojo), esa verdad del propio Reyes, esa vivencia personal trasladada a su novela da como resultado una historia creíble, sin forzadas estridencias ni distorsiones distópicas. Una novela cuya intriga termina por dilucidarse tras una reconocible neblina gallega, donde el verbo, apuntalado por citas bíblicas, lucha por combatir la debilidad de la carne durante sus 286 páginas.




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