Una pequeña confesión, ahora que estamos aquí, escuchando el crepitar del polvo entre el hierro y el cromo de esta vieja cinta de casete, parapetados en la penumbra de aquel mismo cuarto donde nuestra adolescencia trastabilla hasta la eternidad: te diré que, debajo de estas canciones cargadas de rabia e inconformidad, pero, sobre todo, de melancolía, hubo al menos un par de coplas de Sabina que terminé borrando porque me recordaban demasiado a ti, chica luciérnaga.
Nunca me he atrevido a hacerte esa pregunta, aunque sé que tú me la has visto dibujada en la cara cada vez que nos hemos vuelto a ver. Y siempre has reaccionado como entonces: alzando desafiante tu barbilla puntiaguda y perfecta en un gesto entre el asco y la chulería, mientras remarcas a partes iguales tu hoyuelo y tu vanidad. Ese es el tipo de reacciones tuyas que, entonces, provocaron mi huida y, con el tiempo, mi injustificada animadversión hacia la música del hijo del comisario.
Para bien o para mal, chica luciérnaga, tú te empeñabas en lucir siempre, aunque tu luz te delatara —nos delatara—; algo para lo que no estaba preparado entonces. Tu vindicación, legítima y necesaria, me arredraba, y eso desataba aún más tu cólera. No comprendías mi empeño por seguir besándote entre bambalinas en los descansos de los ensayos de aquel Jesucristo Superstar de aficionados. Así que me arrastrabas hasta la luz, hasta la ventana más próxima; hasta donde todos pudieran ver lo que sentías.
Había días en los que conseguía armarme de valor y salía dispuesto a pasear tu desvergüenza y nuestra manera de querernos por aquel pueblo que te maltrató y que, como yo, te quiso mal y a destiempo. Pero cuando llegaba el momento de la verdad, y te veía a lo lejos con tu pose de afrenta, perdonándole la vida con tus mojigangas a todo el que te miraba de soslayo, entonces yo, tu corazón cobarde, retrocedía sobre mis pasos hasta la primera esquina, a la espera de que las luces remitieran de tu alrededor, mi encendida chica luciérnaga.
Éramos, y somos, tan diferentes: tú tan de Sabina y yo tan de Serrat, y eso, aunque ellos se empeñen en aparecer juntos, nunca ha sido buena idea; ya sabes, como mucho daría para que tocáramos en la orquesta del Titanic. De ahí que yo, una vez borrada de esta cinta cualquier huella en la que se adivinara tu luz, dejé, sin embargo, el rastro de tu sombra en una vieja canción de Joan Manuel, mientras aún maldigo el no poder volvernos a esconder en el último rellano y, a oscuras, antes de que den las diez, compartir un ramillete de promesas que incumpliremos una y otra vez hasta la eternidad, o hasta oír decir a tu madre aquello de «niña la hora que es, y sin poner la mesa».




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