¿Qué hay de nuevo, viejo? (51)

30 de agosto de 2020

Ocurrió estando postrado en una cama de hospital. Yo no era consciente, pero según parece, acababa de ganarle la partida a la dama de la guadaña. Ni siquiera noté su pasó por aquella habitación. Eso sí, cuando se fue, como si de una epifánica revelación se tratara, ante mis ojos se me apareció entero —palabra por palabra, punto por punto, coma por coma— un relato al que titulé «San Antón».

«Con la desbandada de las cinco de la tarde, hemos llegado, casi sin quererlo, al campamento del callejón del Hormiga. Mi hermano y mi primo Luis, que aún no tienen los años para ir a la escuela, guardan desde el mediodía, horca en mano y cara de perro perfectamente ensayada, el corral improvisado donde tenemos la leña. La misma que, tarde tras tarde, al salir de la escuela, recoge del campo la patrulla del Rufo. Apenas nos ven aparecer por la boca de entrada, corren hacia nosotros, arrastrando las horcas por el empedrado; atropellándose con sus balbuceos que, al salir disparados de una a otra pared, se trenzan entre sí, en la estrechez del callejón, casi ininteligibles». —Fragmento de «San Antón»—

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