Miedo racional versus terror infundado

—Artículo de Ideal Sierra Mágina, agosto de 2020—

Hace un tiempo —concretamente, el 30 de septiembre de 2011—, cuando todavía las redes sociales nos parecían lugares mágicos donde reencontrarnos con quienes fuimos para así poder centrarnos en quienes somos, yo colgué esta vieja fotografía, tomada en Bélmez de la Moraleda un mediodía del mes de febrero de 1972. Después, hice acompañar mi publicación con el siguiente texto: «Los niños de las caras. Calle Rodríguez Acosta (entonces), calle Real (antes y después), Calle María Gómez Cámara (ahora)».  

Aún no era consciente de estar poniéndole el título a un libro —en estos días sale a la calle mi primera novela, «Los niños de las caras», editorial Sial Pigmalión—. Es más, no estaba entonces entre mis planes escribir un libro, pero sí que noté al instante de publicar aquella entrada con la foto, que acababa de tomar conciencia de una etapa de mi infancia, evitada durante años, como si pasando por alto todo lo vivido entonces, no fuera a quedar rastro alguno de lo ocurrido y de lo que había influido en mí —en todos— aquel terremoto. 

Cuando tienes cinco años para seis —que es como lo decía de niño, como si así lograra adelantar mi cumpleaños— todo lo que ocurre a tu alrededor, hasta el intrascendente vuelo de una insignificante mosca, influye en tu estado de ánimo. Por eso sé que, por mucho que quienes éramos niños cuando aparecieron aquellas caras normalizáramos unos hechos tan extraordinarios, incluso tan aterradores, sus efectos secundarios nos han, en cierto modo, martirizado durante años. Y es que podía resultar complicado decidir a qué tener miedo en aquellas circunstancias: ¿a la cara de la «Pava» que nos miraba torcido desde detrás del cristal, o a los dimes y diretes que situaban a Eleuterio Sánchez, el Lute, escondido en cualquiera de las muchas y mágicas cuevas que hay en Sierra Mágina? 

Por esa capacidad de adaptación que tienen los niños, nosotros no teníamos miedo a esas extrañas figuras que se habían instalado en nuestro pueblo. Tal vez, no lo recuerdo con claridad, pero seguro que bastaron un par de días o tres para que las consideráramos parte de la familia. Sin embargo, ante el bulo extendido de la pretendida ubicuidad del preso más famoso de los años setenta en España, yo me meaba en la cama. 

Portada de mi primera novela, «Los niños de las caras», Sial Pigmalión.

Por muy inverosímil que resulte algo que ves, que tocas, que ocurre delante de tus narices, esa certeza, ese estar, ese no poder borrarlo que lo hace más o menos tangible, incluso medible disipa cualquier reacción irracional. Por el contrario, el disparate más absurdo salido de cualquier mente calenturienta te puede crear un miedo insuperable, un trauma incluso de por vida. Otro ejemplo: cuando de adolescente vi la película «Poltergeist», me divertía que el resto de la sala de cine se asombrara con aquellos ruidos y voces que venían de una dimensión desconocida —ah, sicofonías, me decía yo para mis adentros, mientras bostezaba—; sin embargo, he de confesar, que esa noche me costó conciliar el sueño por culpa de un payaso de trapo que creía tener bajo la cama y que me hizo regresar a mis miedos más profundos, como si de golpe volviera a tener casi seis años.  

Volviendo a la actualidad, a este extraño verano de 2020, y extrapolando mis reflexiones sobre los miedos: ¿acaso haber visto caer como moscas a nuestro alrededor tanta gente nos ha inmunizado contra esta terrible certeza pandémica?, ¿nos hemos vuelto tan infantiles que ya no nos afectan los brotes, los contagios, la muerte que acecha al destapar una mascarilla?, ¿tampoco quedarnos sin trabajo y sin posibles ayudas, sin la vida que conocimos antes de esta pesadilla que sustituyó a la vieja realidad nos hará sentir miedo, o incertidumbre siquiera?… 

Espero que no nos pase a todos como a este niño de las caras, que no tengamos que esperar a un ensayo, a un estudio, a una novela histórica que se publique dentro de cuarenta y muchos años para descifrar las claves de lo ocurrido y poder entonces tener permiso para morirnos en paz. Si durante el confinamiento nos hemos vuelto más reflexivos y nos hemos acostumbrado a manejar el músculo que teníamos ahí en la cabeza para discurrir; ese que estaba a punto de atrofiarse y caer por su propia levedad e inutilidad, ¿dónde está la tara?, ¿qué carajo no hemos entendido?, ¿somos imbéciles o qué?… 

Vuelvo a la fotografía, a cómo éramos hace casi cincuenta años, para comprobar lo mucho que hemos avanzado: aunque dejamos que Franco muriera en la cama tan ricamente, ya no existe aquel régimen que oprimía a los diferentes, por mucho que algunos se empeñen en reverdecer viejos laureles que se auto atribuyó una sociedad a todas luces inmoral, injusta e insana; porque hay avances que afortunadamente son irreversibles y no tienen vuelta atrás, desde el mismo momento que la luz devoró las tinieblas que los precedían.  

No dejemos pues, que ese miedo insuperable a lo desconocido, a lo que no sabes, a lo que no ves —ese terror que predican falsos profetas como una oda a la falacia, como una exaltación del bulo— nos termine acobardando y hundiendo como sociedad. Sí al miedo racional, sí a la precaución ante los peligros ciertos; no al terror nocturno infundado y conspiranoico que pretende regresarnos a la Edad Media.   

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