Buscando algo bueno del confinamiento (32)

Querido lector: las entradas que te vas a encontrar en mi blog bajo este título son fruto de las reflexiones diarias que he ido escribiendo cada mañana durante el confinamiento en el muro de mi Facebook. Siempre las acompaño además de una canción que por lo general sirve —nunca mejor dicho— de pretexto a lo que escribo.

14 de abril de 2020

Photo by Lucas Pezeta on Pexels.com

Al igual que en la vida, hay dos maneras de afrontar la escritura: expresarte sin ambages, a tumba abierta; o, por el contrario, armar tu discurso a base de rodeos y circunloquios. Para mí, ambas maneras son válidas, porque las dos se encaminan al final hasta el mismo lugar: tu mismidad. Y diría más: hay momentos para una y para otra, porque no son maneras de escribir incompatibles, ni mucho menos contradictorias. Estamos hablando de un acto de puro exhibicionismo en el que necesitas abstraerte del hecho de que te has desnudado —dando más o menos rodeos o poniéndole más o menos morbo— delante de todo el mundo.
De esta evidencia en sí, que a unos deleita, pero a otros repugna, aunque a la mayoría se las trae al pairo, no somos muy conscientes sus actores, hasta que alguien a quien no creíamos mirándonos —leyéndonos— emite una señal desde el otro lado que nos desconcentra, incluso nos desconcierta.
Algo parecido a esto me está pasando con mis reflexiones: llego aquí cada mañana, me desnudo con más o menos gracia, os gusta o no lo que veis —aunque la mayoría ya os habéis acostumbrado a mi sobrepeso divagatorio y a mi exagerada pose melancólica—; pero de repente, alguien que no esperabas entre el público estornuda, y se te va el santo al cielo.
Solo dura un momento; solo el tiempo necesario para afirmarte en lo que haces, ¿o no querías escribir para eso, para que te leyeran?… bueno, entre otras cosas… pero duele.
En esos momentos en que te atacan, incluso te censuran por opinar diferente, por contarlo de otra manera, por salirte de la norma, o simplemente por escribir… en esos momentos a mí me apetece cantar un himno que me insufle energía, que me enardezca, que me diga: «¡Ánimo, Valiente!»

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