Pequeñas oraciones ateas

Doce más uno: a su imagen y semejanza

Foto de Joshua Fuller en Unsplash

Dicen que, a pesar de todo el miedo y la confusión que la idea de Dios ha supuesto para el hombre a través de los siglos, aún permanecen ahí los planos de la torre de Babel, cosidos en el envés de nuestro ADN, como símbolo de aquella humanidad primigenia que quiso ser un solo pueblo bajo el único idioma del entendimiento. Lo arguyó Kafka: «Una vez captado el pensamiento en toda su grandeza, no puede desaparecer ya: mientras existan los hombres perdurará el deseo intenso de terminar la construcción de la torre». Así, siempre nos perseguirá esa sensación de fracaso por lo que no podemos o no sabemos hacer, nos lo prohíba o no la autoimposición de un Dios omnipotente.

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