El gramófono

La música ha estado siempre ahí, llenando de movimientos furtivos, de inesperados giros a veces, de actos en apariencia irracionales cada gesto, cada pensamiento. No en vano, yo siento, respiro, hablo música. En particular, la que hay descrita con toda precisión en la partitura de mi ADN, cuya espiral se dibuja entre las sombras de unos cuantos acordes menores —provenientes eso sí, de la herencia genética paterna— a los que, de vez en cuando, sobresalta el cruce inesperado de un sostenido, como si se tratara, no sé si de un error en la partitura, o de un descuido que termina por acelerar mi pulso.  

Parece ser que el abuelo era un intérprete más que aceptable de malagueñas; que, si estaba inspirado, se hacía la de Chacón, y hasta la granaína rematada con la media.  

—Eso lo bordaba… ¿cómo era?… «malagueñas cantadas por don Antooonio Chacón… y acompañadas por doooon… Miguel Borrul»— decía mi padre, imitando la voz del cantaor presentándose a la vieja usanza. Acto seguido, comenzaba a canturrear por lo bajini. 

—Aaaaaaaaaaaoooo… aaaaaaaa… aaaaaaoooooo… que te quise con locuraaaa… 

La abuela, por su parte, aunque nunca se atrevió con los «fandangos mayores», decía los de Alosno con mucha gracia.  

Estas revelaciones sobre la afición al flamenco de mi familia las fui conociendo mientras me pasaba las tardes dándole manivela al viejo gramófono. Aquellos 78 r.p.m. de pizarra que el abuelo había conservado como oro en paño fueron el gran descubrimiento de mi infancia. De entre todos los discos, que no faltaban los del maestro Chacón, aunque eran más numerosos los de Valderrama, la Niña de la Puebla o los del mismo Angelillo —el preferido de mi padre—, me fijé en un artista cuya voz quebrada y ronca, fea, se hacía notar sobre el resto de una colección, donde lo que predominaba eran gorgoriteo preciosista y forzadas filigranas de canarios cantores.  

Esa voz era la de Manolo Caracol. Escuchar sus grabaciones me sumía en un cúmulo de sensaciones contradictorio. Sin saber por qué razón, aquel canto herido como un llanto terrible me producía, primero inquietud, para desembocar después en un desasosiego, una aspereza hasta entonces desconocida para un niño de ocho o diez años. Sus letras llenas de amores desesperados y no correspondidos me martilleaban la cabeza hasta casi provocar una metástasis en mi ánimo, mientras pasaba las tardes repitiendo la escucha de sus discos hasta la saciedad.  

Otras veces, mientras el perro de la Deutsche Grammophon giraba y giraba sin parar en el plato al compás de mi mano, yo veía a mis abuelos jóvenes, y a mi padre y a mis tíos cuando eran niños; todos alrededor de una mesa grande. Al fondo, un fogón donde crepitaba una olla inmensa, esparciendo aquel olor a tomillo y a hinojos que tenían los guisos de la abuela. No alcanzaba a distinguir las conversaciones, pero en mi cabeza hablaban con ese decir gracioso, pero forzado y un tanto tópico que ponían los hermanos Quintero en boca de los personajes de sus sainetes, aunque sin acento sevillano; con ese deje a caballo entre Jaén y Graná que se gasta la gente de Mágina. 

En mi imaginación, mi abuelo hablaba como Miguel Ligero: pausado, gangoseando un poco. Y la abuela sonaba a Estrellita Castro; con su mismo chifle, mientras las palabras salían a saltitos de entre unos labios sonrientes. Sin embargo, mi padre y mis tíos solo eran murmullos; como mucho, carcajadas. Eso si me daba por pensar en su madre soltando alguno de sus chascarrillos.  

Con el tiempo, aquella estampa costumbrista se fue diluyendo, provocado por lo que mi padre no terminaba de decir cada vez que hablaba de su infancia. A esto habría que añadirle el impedimento de ese idioma particular suyo que se le escapa como sin querer, y que me resulta indescifrable. Él suelta las cosas por la boca tal y como su cerebro las dispara. Son unas conversaciones sin filtro ni coherencia; un parlamento de palabras que campan libres por campos de oraciones mutiladas, entremezcladas a su vez con una infinidad de expresiones intraducibles de las que solo él sabe disponer. Y aunque mi hermano y yo manejamos un diccionario peculiar con el que interpretar sus gestos y sus órdenes, siempre surgen discrepancias sobre lo que verdaderamente ha querido decir.  

—¿Sabes lo que te digo?… te lo vas trayendo tajo parejo, vaga abajo, de allí p´aquí y luego vuelta al revés, a ras, sin contrapeos al estilo el tío Frasquito, ¿entendido?… Porque… sabes lo que le pasó al tío Frasquito, ¿verdad?… cuando confió en aquellos, que el traje no dice na del que lo lleva, na más que es un farfolla… y aquellos to trajeaos, que se confió y lo engañaron con la máquina que hacía los billetes… como si la manduca te la echaran del cielo… pues eso: ni me hagáis una macaná, ni mucho menos que os la hagan a vosotros… que luego hay que apencar con lo que te venga, que de to hay que saber, y vayamos a pollas, y te tengas luego que ir subío en el rabo las trébedes… que las cosas hay que tomárselas como se tiene uno que tomar las cosas… ¡hombre… faltaría! … 

 Quizá, de tanto oír aquellos galimatías, terminaron haciendo en mí un efecto revelador. Así, llegó un día en el que mi abuelo ya no era Miguel Ligero. De pronto, todas las monedas —las de cincuenta céntimos, las de peseta, las de dos pesetas y media, las de duro, las de cinco duros…— venían con su cara, o al menos con la de alguien que se le parecía mucho. 

—Oye, ¿a que el abuelo se parece a Franco? —le dije un día a mi hermano—. He estado por decírtelo un montón de veces, pero luego pensaba que te ibas a reír… Pero que te digo, que se le parece al Franco de las pesetas: el que es como un tío fuerte; no al viejo ese de las últimas.  

—Si cuando miras la moneda estás pensando en el abuelo, siempre vas a ver al abuelo; no a Franco — me espetó mi hermano. 

 Ni mi hermano ni yo éramos conscientes de que, en realidad, aquella percepción nos la había creado un niño de cinco años, tal vez más aturdido que aterrorizado. 

—Ha venío Natalio a decírmelo: o cruzo con los nacionales, o me dan el paseíllo. 

Más o menos eso sería lo que le habría escuchado mi padre al suyo aquella fatídica noche de octubre del 36. Y aunque Natalio era del Frente Popular y mi abuelo de la Falange, nunca dejaron de ser buenos amigos.  

Luego, la desmemoria de la memoria que todo lo trastoca para terminar de acomodarlo a nuestras más íntimas convicciones hizo el resto. Aunque siempre he tenido el presentimiento de que hay algo en este asunto que mi padre-niño decidió ocultar o, simplemente, olvidar.   

Mi abuela, sin embargo, continuó siendo Estrellita Castro sin caracolillo: ni un mal gesto ni una mala palabra, aunque eso precisamente me inquietaba aún más.   

Años más tarde, durante el otoño que me refugié en el pueblo, tras la ruptura con María, recompuse el viejo gramófono y, bajo una pesada manta de nostalgia, regresé, sobre todo, a los cantes de Caracol. Mientras los jipíos de las seguiriyas dejaban escuchar un sonido lejano de besos huidos, buscaba en vano entre los márgenes de los libros palabras nunca dichas que lograran remitir aquella nostalgia perpetua, pero no encontraba más que el vacío de mi estómago; como si una enorme mantis religiosa hubiera devorado de una dentellada seca y certera las hormigas que husmeaban por el cráter rebosante de mi ansia. Ni siquiera el pasarme las noches escarbando para sacar del agujero las pequeñas larvas silentes, lograba devolverme la calma. Y me levantaba de madrugada, volvía a darle manivela al gramófono y me flagelaba escribiendo durante las horas que aún quedaban hasta el amanecer. Todas aquellas voces flamencas –o como gustaba decir a Lezama Lima, voces gimientes- enterraban su raíz milenaria y racial en la herida que aún me supuraba, con esa crueldad descarnada que solo el pueblo llano sabe imprimir a la poesía. 

No tardaron mucho en morirse mis abuelos. Primero fue él. Cuando mi padre llamó para decírnoslo, mi madre tuvo un ataque de risa nada más colgar el teléfono. Aún hoy, después de treinta años, me enferma recordarlo. Pienso en posibles porqués para aquella reacción y no los encuentro —o no me los contaron—, salvo que mi madre recordase a su suegro con la voz gangosa de Miguel Ligero, tal vez con el timbrecillo de Franco… 

Pero esa no era la razón; seguro que no. De siempre he tenido consciencia de los dobleces de la relación entre mi madre y mi abuelo: esas conversaciones formales y ralas a las que precedían unos largos e interminables silencios. Yo quería creer, deseaba que el abuelo no fuera así; pero al cantaor de flamenco se le había comido la lengua el gato de la guerra. ¿Habría matado a alguien, o tal vez a muchos?… ¿no había llegado hasta brigada en el ejército de Franco?… aunque fue terminar la guerra, quitarse el uniforme y no volver a hablar jamás de ello. Ni siquiera de la pistola que guardaba debajo del colchón. 

Mi madre y su suegro tenían cuentas pendientes que yo no alcanzaba a comprender. Por eso que fantaseaba con un desplante, no sé, tal vez ocurrido el mismo día de la boda. Claro: como mi madre era huérfana de padre, le habría pedido al abuelo que fuera su padrino. Pero este, tan estricto, tan jodidamente marcial, habría declinado sin tan siquiera esbozar un pequeño gesto de reparo, o simplemente de compasión. Habría dicho un no enérgico, categórico; demoledor para una joven que echaba de menos a su padre en el día más importante de su vida. 

Aquella risa nerviosa habría sido algo así como un «que te pudras en el infierno, pedazo de hijo de puta», aunque después se hubiera autoimpuesto una penitencia: rezaría un rosario y todo perdonado.   

Después, cuando le tocó a la abuela, no hubo ni reacción ni respuesta; solo silencio por parte de mi madre, aunque mi padre, por primera vez me habló para que lo entendiera.  

Yo sé que no hablaba él, sino la abuela. O al menos, no lo hacía a través de aquel niño de cinco años, sino en la voz de un joven de unos veintitantos, que, como primogénito, durante un viaje del padre, habría quedado al cargo de su madre y sus cinco hermanos, quienes conformaban junto a él la plantilla de mano de obra barata con la que el abuelo se fue haciendo poco a poco con las tierras que le arrendó don Modesto.  

—José, hijo mío, habrá que ir yendo al pueblo, a donde el médico… con que le digas que se ha vuelto a desgraciar la cosa, lo entenderá —me dijo que le había dicho la abuela, mientras una reguera de sangre oscura, casi negra, se le escapaba de entre las piernas. 

Los veo ahora a los dos, una vez que el médico se hubo marchado. Ella, sentada en una silla baja de enea, junto a la peana, mientras, con la mirada perdida en el fondo de la sartén, va removiendo posos de pena con sabor a hinojos. Él rebusca entre los discos, hasta que da con el de Angelillo que tanto le gusta. 

—De todo esto, ni una palabra a tu padre cuando vuelva. 

Me dice estas últimas palabras de la abuela, y después me tararea el fandango: «tralalalaaa… lalalaaa… lalalalalaaaaaaaaaa…»   

Sin embargo, en mi cabeza no escucho a Angelillo, sino que se repite la vieja estrofa de Juan Breva, como si fuera una milagrera letanía que ahuyentara la ojeriza. Suena solemne, como a catedral, mientras me tomo mi tiempo a cada verso, respirando a compás, dilatando los pasos del ritual, y comenzando de nuevo el ciclo en un desesperante intento por desgastar las palabras, como si de tanto repetírmelas se fueran a volver mías: 

Era la misma 

pena cantando

detrás de una sonrisa.

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