El reino de las hormigas

Breve reseña de la novela:

Por los pasillos infinitos de las antiguas universidades laborales (mastodónticos centros de enseñanza profesional y secundaria para permitir el estudio a jóvenes rurales sin otro acceso a la enseñanza) retumbaba siempre la música.

Villán atravesaba esos largos corredores con la cabeza en los acordes que lo rodeaban como anillos de humo sonoro, sin sospechar que, al fondo, donde se adivinaba la salida tras unas puertas macizas de cristal verdoso, los pasillos se revolvían en callejas, fundidas bajo el sol, hundidas en la noche.

Y siempre la música. La que lo acompañó durante aquellos años de exilio de sí mismo, buscándose en las cuencas de otros ojos, en la oquedad de otros cuerpos.

Julio Villán, alter ego de Juan Cano en esta segunda novela, nos descubre a cada paso de pasillo, a cada plegar de cada página, que la melodía es al amor lo que al sexo es el ritmo.

Que hablar, que escribir sobre la música, hacer de esa escritura su profesión, le iba a permitir vivir la vida dos veces, extrañarse, calzarse su propia piel cosida, entremezclada con la de amores furtivos.

El reino de las hormigas es una novela sobre amor y sobre amar, sobre ciencia y adolescencia, sobre la música que los días silban al oído de las palabras.

Un libro que nos devuelve a la memoria en la pluma y los recuerdos de otro, en el que, a todos, propios y ajenos, nos será fácil reconocernos como arte y como partes de este músico ambulante que recorre reflexivo nuestros sueños.

Javier Villatoro

Adelanto del capítulo I: Viejo blues

Everyday, everyday I have the blues 
when you see me worried baby, because it’s you I hate to lose. 

Canción «Everyday I have the blues» de Memphis Slim 

El tiempo nos olvidó bien lejos: a treinta y cinco años de distancia, en el limbo de la nada. Todo lo que fuimos entonces ocurrió en una ciudad de torres remotas; una ciudad lejana y sola donde el jinete nunca acababa de llegar, porque en ese lugar el poeta había presagiado su muerte. Ni siquiera su nombre pronuncio ya. Tan solo recordarlo y, un leve resquemor, un dolor antiguo se me deshace entre los dedos hecho costumbre.  

Ha sido un solo parpadeo en el prodigio de la extrañeza: ella frente a mí, los dos suspendidos en un vórtice espaciotemporal. Quietos en una ondulada e ingrávida depresión en mitad de una cafetería de hospital, mientras respiramos preguntas con los ojos cuyas respuestas se perderán antes de llegar a su destino. Los gestos ambiguos —o el automatismo de las muletillas que los acompañan— diluirán esa acuarela de palabras orilladas que ya nunca pintaremos juntos.  

Cuando la he visto, parapetada detrás de su portátil en la mesa más apartada, me ha parecido que hablaba sola. Aunque en verdad, eso es lo que yo, el crítico musical, haría en una situación parecida: engolaría la voz para puntualizar que, cuando los blancos llaman a alguien innovador, la mayoría de las ocasiones no se trata más que de un espabilado más fardando por haber conseguido ir dos pasos por detrás de los negros. Porque, al igual que muchas de las canciones de James Brown, de Hamilton Bohannon y de algunos músicos de blues del Mississippi giran alrededor de un solo acorde, solo soy un tipo solitario que malvive en el extrarradio de su propia melancolía. Por vecindad: mis viejas conocidas; unas pocas y cansadas hormigas apenas ya capaces de removerme las entrañas. Después, caería en la cuenta de que todo el mundo me mira como si estuviera loco, y eso me ruborizaría. Sin embargo, ahí está Carmen, farfullando pensamientos en voz alta como si no fueran con ella todas esas miradas suspicaces desde las demás mesas. Luego, a la vez que cierra el portátil, me mira con esa sonrisa suya un tanto canina. 

—Pero… ¿eres tú? —Me dice con impostado fingimiento; el mismo con el que disfrazaba su extrañeza en otros tiempos; como si pretendiera convencerme de mala manera de que nuestro encuentro no es casual, y que, en realidad, lleva toda la tarde esperando a que yo atraviese la puerta para plantarme delante de ella.  

—De todos los millones de veces que me habría imaginado de nuevo ante ti, nunca pensé que sería en un hospital —. Mascullo titubeante mis palabras, porque lo cierto es que nunca tuve en mente un lugar concreto. O puede que sí; que nos hubiera imaginado en una calle, en un concierto, en un bar… pero no en la cafetería del hospital donde tu padre se debate a vida o muerte con la enfermedad.   

He pedido un café. Ella no ha querido nada. La taza que tiene a medias en la mesa es la de su segundo solo sin azúcar. Cuando por fin me sirven mi cortado, llevo más de cinco minutos sin parar de hablar, por lo que debe hacer un buen rato que pensó que, al final, lo he conseguido; como ya lo presintió la primera vez que se asomó a la profundidad abisal de mis ojos color fango —color «mierdagato» los bautizó ella—. Porque, de pronto, se ha visto sorprendida por este fortuito regreso ante el incierto precipicio de mi mirada. Para ella, en mis gestos, en mis manos, en mi pose… ahora soy otra persona; o se lo parezco. Alguien lleno de determinación por cuya cabeza jamás hubiera rondado el tarareo cursi y ramplón de una cancioncilla pop. Un individuo a quien ya nunca se le enmarañan los pensamientos con los rasgueos superfluos y prescindibles de un ukelele, cuando repaso de cabeza la rueda de acordes de un blues agónico, profundo y primitivo —casi un ragtime en el que me acompañara la suave voz de Mississippi John Hurt, clavándoseme en los ojos al son del fingerpicking de su guitarra—, que termina por darme cierto toque, cierta presencia que antes nunca tuve, mientras Carmen mira embobada oscilar el arco de mis cejas.  

Sé que no ha olvidado la música que me bulle por las tripas. Por eso que al verme se ha dejado fascinar por un momentáneo estrépito de emociones. Aunque es consciente de estar dando un gran rodeo para llegar al mismo lugar de entonces: esa vaga estructura de mi canción que sigue siendo un boceto inconsistente, una melodía desangelada a punto de desmoronarse. Hasta que, por fin, aparece una ráfaga; solo cuatro escasas notas llenas de luz e improvisación capaces de apaciguar mi desdicha. Por desgracia, estos artificios musicales ya no la conmoverán como antes. Ni siquiera el haberme convertido en una especie de blues inesperado del que solo perdurará cierto reflujo adictivo e imposible de eludir. 

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