Pequeñas oraciones ateas

Once: buscando la verdad

Momentos en los que todo adquiere esa nitidez tan irreal dentro de un silencio casi perfecto: apenas un ruido azul, una llovizna lejana en el fondo de un paisaje idílico a tu alrededor. Ese duermevela interrumpido en el que estás seguro de tener respuesta a cualquier duda de física cuántica que se te plantee. La lucidez dentro de ti por un instante, de la que, al despertar, ya solo queda un leve sabor a hierba mojada, pero una gran paz llenándolo todo ahí dentro. Incluso, la ilusión óptica de haberte tropezado esta noche con un tal Dios.

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Diez: en un principio y en un final

Foto de Eric Masur en Unsplash

Siento muy cerca el momento en el que la profecía ha de cumplirse. En su caso, estaba cantado que, nada más nacer, aquel niño se había tragado un viejo. Luego pocos misterios le quedan por desentrañar en esos ojos que parecen no mirarlo desde el otro lado del espejo. Por eso mismo, no les pide ni paciencia ni tiempo. No les pide nada en concreto; solo cosas que no pueda perder y que, al final, permanezcan al lado de ese él que ya empieza a tomar por fuera la forma de su espíritu. Porque entonces estaba en lo cierto, y el final que ahora se vislumbra es muy parecido al que tantas veces imaginó, salvo por esos pequeños detalles que nunca dejarán de sorprenderlo: la sonrisa inesperada de un niño, la voz amable de un desconocido, la incuestionable belleza de un atardecer en otoño… y el amor, inesperado e imprevisible siempre; como un acceso de tos.

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Nueve: aleluya

Lo dijo Cohen en su «Hallelujah»; lo de aquel acorde secreto que tocó David y tanto agradó a su Señor. Y es que nunca hay que menospreciar a un rey confundido entre el amor y la lujuria. Pero lo mío es otra cosa; no hay cuartas, quintas ni finales en caídas menores. Yo solo quiero, al compás pausado del tiempo, justo en el momento anterior a que este llegue a su fin, lograr hacer la canción más sencilla del mundo. Será una canción que hable, por supuesto, de ti y de mí; y de la música; y, otra vez del tiempo: siempre atrapado en su rueda obsesiva y monótona, hasta que la muerte lo libere.

Te dejaste llevar por su aire de suicida, por su forma de hablar para nada contar, aunque toda la magia la ocultaba bien doblada en aquel papel: una canción a medio hacer.

Te dejaste llevar por sus artes escondidas: sigiloso al andar; pudoroso al mirar. Lo que no le impidió pedirte con descaro que bailaras las lentas con él: una canción a medio hacer.

Dime que nada se ha perdido, dime que aún guarda en su bolsillo una canción a medio hacer. Dime que mereció la pena todo ese silencio de arena y otros cien años por volver… aún…

Te agarraste a su piel como table salvadora de un naufragio en otra rutina y en otro querer. Preferiste su estrofa inconclusa a un estribillo malo; te quedaste con su baile torpe en la «Chica de ayer»:

«Un día cualquiera no sabes qué hora es. Te acuestas a mi lado sin saber por qué…»

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Ocho: me iré como vine: con las simples vestiduras de mi asombro

Seré pródigo, al menos, en intenciones; que ya se encargará el camino con sus trampas en bajarme los humos. Si no consigo cinco, habré intentado cuatro, para llegar hasta tres. Y ya verás cómo se refleja en mi cara la maravillosa iridiscencia de la satisfacción.

Mi casa siempre va conmigo, porque está dentro de mí: apenas el escueto y funcional mobiliario donde apuntalar mi determinación, y todos mis proyectos —posibles e imposibles; logrados y frustrados—, colgando en las paredes de la sala de máquinas, mientras una voz grita en mi interior: «¡más madera!»

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Siete: ¡Oh, camino de los sueños, yo te invoco!

Al final del día, la noche siempre surge como una inmensa pradera que lo abarca todo en su infinita oscuridad: esa negra mancha a la que no debes temer. Mientras dura, tu mente se dispara, acelerando procesos, dibujando sueños, procurando que el miedo no lo invada todo y, al día siguiente, algo quede en tu recuerdo que te ayude a levantarte, a sonreír, a continuar en el camino.

Tal vez los sueños sean eso: el dibujo de nuestra búsqueda de un Dios que no existe; un trazo nocturno que se reflecta con toda nitidez en el laberinto de nuestro cerebro, para borrarse por completo con la primera luz del día.

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Seis: ¿quién nos guía?

Foto de Katie Moum en Unsplash

Este es uno de esos momentos estelares que —año arriba, año abajo— le ocurren a la humanidad cada siglo. Uno de esos momentos en los que ni los más observadores podrían asegurarse de que hay alguien al volante. Es solo un parpadeo de dos o tres años en la historia durante los cuales el coche se dirige a gran velocidad no se sabe muy bien hacia dónde.

Si por los cautos fuera, nos apearíamos de inmediato en el arcén; pero somos a la vez tan vacilantes, que la curva se nos echaría encima antes de que nos decidiéramos a dar el volantazo. Así que, sin más dilación, habrá de ser la temeridad de los incautos, la inconsciente valentía de los impulsivos la que nos guíe en la incertidumbre de este errático camino. Y no, no podremos después quejarnos del rumbo que tomen los acontecimientos. ¿Acaso no habíamos trazado ya en nuestra continua, inacabable reflexión el mapa cíclico —año arriba, año abajo— del camino hacia la perfección?

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Cinco: ¿por mi culpa?

Una sensación paralizante que —estoy convencido— ya estaba en nosotros antes de que fuéramos o pareciéramos, disuelta en la seguridad hidráulico-amniótica del vientre de nuestras madres. Antes de nacer, ya nadábamos en la culpa de los otros que —como un maldito antojo, una fea marca de nacimiento— nos estará siempre recordando de dónde venimos.

Lo he dicho muchas veces; que tanto el bien como el mal están en nuestra esencia humana. Ahora, todo depende de la querencia de cada cual para que la balanza se incline hacia un extremo u otro.

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Cuatro: no soy digno de ti

Foto de Spencer en Unsplash

Dime ¿por qué yo? ¿En verdad debo considerarme afortunado?


En el fondo sabes que puedes estar tranquila; que si caes, cuando llegues al abismo, allí estaré yo, aunque no me esperes. Seré el único «poltergeist» en tu cuarto vacío; un fantasma abrazándote bajo las sábanas; de repente, una presencia, vívida como una mañana de verano.


Pero recuerda: solo tú, desde tu corazón roto, podrás verme; solo mientras tanto, mientras te recompones, yo seré el único: el elegido.

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Tres: bienaventurados los malos y los buenos

Y durante un instante, la multitud que se había congregado ante él permaneció inmóvil, sumida en un trance, provocado por el exagerado «autotune» que camuflaba su voz hasta hacerla hipnótica; ese efecto era en realidad el último grito en drogas de diseño para el pueblo.

A pesar de todo el trampantojo escénico, más propio de una catedral gótica que de un concierto, sus palabras parecían tener sentido: «Bienaventurados los malos y los buenos, porque la virtud os habita en cada uno de vuestros defectos. Amén».

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Dos: creo en mi resurrección

Poto de I.am_nah en Unsplash

Del enemigo se aprende. Sobre todo, cuando eres conocedor de ese libro milenario que inspira su estrategia. «Un ejército es como el fuego: si no lo apagas, se consumirá por sí mismo», dice en su segundo capítulo. Así que no te apures por tener que dar un paso atrás y alimentarte de tus entrañas, mientras aprendes a moverte con mil ojos en las sombras. Sigue leyendo y encontrarás más claves: «el desorden llega del orden, la cobardía surge del valor, la debilidad brota de la fuerza…» Interioriza esas consignas. En una primera impresión, puede que te resulten pura memez; pero no te precipites ni confundas lo sencillo con la simpleza. Verás que tu resurrección se encuentra justo en el rincón de la soledad en la que te cobijas durante tu destierro voluntario.

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