HIJOS DE CAÍN

—Ideal Sierra Mágina, enero de 2021—

  ¿Cuántas veces en este año que ha pasado, incluso en estos primeros días del año siguiente al apocalipsis vírico, os habéis preguntado por esa presunta justicia divina que todo lo debiera de abarcar para reconducir los entuertos? Ya sabéis, aquello de que Dios aprieta, pero no ahoga. Muchas, ¿verdad? 
    Cuando era niño, creía en Dios como el superhéroe que nos habría de proteger bajo su capa divina de todas las injusticias que este mundo recién comenzaba a mostrarme. Tras la desilusión que me produjo descubrir que aquellas patas que asomaban por debajo de la puerta eran las de un lobo embadurnado en harina y dispuesto a comerse mi inocencia, seguí esperando su justicia vengadora en forma de rayo aniquilador del mal. Pero eso nunca ocurrió. Y dejé de ser un niño, y dejé de creer en un Dios. Para entonces, descubrí que el bien y el mal se retroalimentaban, porque forman parte de un mismo concepto, y que se necesitaban en una especie de alianza cósmica del universo. 
    La serie Treinta monedas de Álex de la Iglesia (HBO), viene precisamente a meter el dedo en la herida de Cristo, a propósito del pago recibido por Judas al traicionarlo. Porque a lo largo de los tiempos, los atributos del Señor siempre han dado problemas, ¿o a cuenta de qué Dios se permite la existencia del mal? 
    Por eso mismo no es de extrañar que los exorcistas vaticanos no se parezcan ni al novelero padre Karras de William Peter Blatty, ni al padre Pilón, aquel jesuita bonachón de gafas oscuras que, péndulo en mano, lo mismo encontraba agua, localizaba y curaba males, ubicaba a personas desaparecidas vivas y muertas, o intentaba desentrañar el misterio de las caras de Bélmez. Ahora, esos guerreros del ¿bien? deben ser como el padre Vergara —Eduard Fernández—, una especie de curas exconvictos que se fajan contra el demonio a base de crochet de derecha y ganchos de izquierda.

    La libertad, ese derecho fundamental del hombre que muchos sintieron vilipendiado en los meses del confinamiento; esa bandera enarbolada por quienes ponen a la misma altura su lega opinión conspiranoide con la de cualquier contrastado doctor en pandemias, bajo el burdo axioma de que toda opinión es válida; ese es el mecanismo que supuestamente Dios nos concedió para que decidiéramos si nos aveníamos con las fuerzas del bien o nos alistábamos en las huestes del mal. Y eso significa tener que aceptar como algo, no ya inevitable, sino necesario, el sufrimiento de los inocentes, la pobreza, la injusticia, el crimen… 
     Porque, a pesar de la ligereza con la que algunos se toman la elección, no es tan fácil ser libre. Por ejemplo, ¿en qué bando está el bien?, ¿en el de quienes defienden la propiedad privada por encima de todo, ya que no es sino la recompensa al trabajo duro por conseguir las cosas y el culmen de la meritocracia? Entonces, ¿qué hacemos con quienes no consiguen su propósito, un trabajo, una casa, una vida digna?… ¿los mandamos a que se quemen en los infiernos cuando ocupan por la fuerza una casa que no es suya? Aunque me diréis que no, que ellos no son los malos, sino las víctimas de los malos. 
    Parece que los que hacen el mal solo interpretan su papel dentro del plan divino, que es como decir que hacen bien los que hacen el mal, porque no son más que el reflejo oscuro de Dios. Y es ahora cuando nos asalta la duda: ¿qué está bien y qué está mal? Y el padre Vergara, desde su cuerpo fornido y tatuado, nos contesta que lo contrario de la fe no es la duda, sino el miedo. 
    Este maldito año nos ha tocado pasar mucho miedo; y, el que haya caído el cero para dar paso al uno no ha cambiado esa congoja indescriptible que nos invade. Quienes han perdido a alguien en esta guerra siguen sintiendo a la muerte cerca. Quienes se han quedado sin empleo, tienen el pánico metido en los huesos. Quienes pasaron la maldita enfermedad, aún notan su presencia: bien corporal —un dolor de cristales pequeños que se remueven a cada rato en el pecho, o un extraño hormigueo, avisando de que la sangre fluye lenta, como si de un momento a otro se fuera a quedar quieta—; o mental —un runrún que no cesa en las cabezas, que ata e impide salir a la calle—.

     El miedo es la trampa que vicia el juego. Su presencia es el más peligroso de los alucinógenos, hasta el punto de hacernos caer en la paranoia. Entonces, cuando esto ocurre, solo vemos el «buen mal» por todas partes: en los gobiernos y en los opositores a esos gobiernos; en los empleadores y en los empleados; en los que poseen y en los desposeídos. 
    Todos, ángeles y demonios, estamos en nómina de esta empresa de demolición del mundo. Todos, hijos de Caín —los descendientes del buen Abel fueron aniquilados— a las órdenes de Dios, el patrono cruel y despiadado que no hace distingos entre los buenos y los malos, con tal de preservar su perfecto plan divino.

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