Temporada de patos—Temporada de conejos (65):

12 de diciembre de 2020.

Hace un par de días, leía la carta de un diputado dirigida a «aquellos y aquellas que le duró la sensibilidad, solidaridad y corazón lo que duró el aplauso de una tarde». Dejando a un lado consignas de partido —incluida esa incorrección adrede de la reiteración del pronombre demostrativo, pues en el «aquellos» ya está incluido el «aquellas»—, su remembranza de los meses del confinamiento me ha traído de nuevo el aire limpio, el silencio, la eclosión de la naturaleza que vivimos entonces. Una maravilla, un milagro —pensábamos en nuestra ingenuidad— que nos llevará a reflexionar sobre lo que la humanidad hemos hecho mal. Y efectivamente, pensamos, y luego olvidamos.


Miro una vez más por mi ventana, y me viene de repente una canción de mi adolescencia: «piel de terciopelo… me aburre el cielo de Madrid…». Mientras voy tarareando su melodía, pienso que, en verdad, lo que los pájaros anunciaban con su inusitado canto y los árboles nos descubrían con su inesperada frondosidad era el fin de la tiranía del hombre. Entonces, hago el esfuerzo por recordar cómo olía el aire en aquellos días de marzo y abril que ahora nos parecen tan lejanos. Aquel aire limpio de humanidad; de su contaminación, de su mezquindad.

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