Temporada de patos—Temporada de conejos (60)

4 de diciembre de 2020.

Foto de DDP en Unsplash

Siento curiosidad por quienes escriben una historia teniendo muy claro el final. ¿Cómo disuaden su propia ansiedad por terminar?, ¿es que acaso el mérito de su escritura está en la manera de sortear ese hastío que debe provocar el saber de antemano cómo acaba la vaina? Porque, si hay alguna razón para que yo me mantenga enganchado a lo que escribo, es precisamente el no saber qué ocurrirá con esos personajes reales o soñados que he decidido echar a andar por los inciertos e imprevisibles caminos de la literatura. A no ser que seas un genio como García Márquez, que no solo lo ideó, sino que además lo escribió, comenzando un libro contándote el final, y a pesar de ello, haciéndote creer hasta el último momento que eso que se te dijo al principio no iba a ocurrir nunca: «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros…».


Para mí, la escritura es una búsqueda continua de un final perfecto que tal vez no encuentre jamás. De hecho, si lo encontrara, probablemente dejaría de escribir, porque la cosa habría perdido toda su gracia.

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