¿Qué hay de nuevo, viejo? (72)

20 de septiembre de 2020.

Foto de Ava Sol en Unsplash

Que, en realidad, éramos dos los corazones atarantados que, juntos, se desbocaban entre la hierba y la hojarasca. Creía ella, que sin que el uno supiera del otro, hasta que notó que la sangre no solo alteraba mi corazón, sino que, además, ya descontrolada por completo, se disparaba camino de mis ingles, hasta hacerse fuerte, incluso prominente. Y que era capaz de permanecer así, desafiante, altiva casi durante las tres horas muertas que aún restaban hasta la primera clase vespertina; que lo sabe, porque un vistazo de vez en cuando, entre nube y nube, no podía dejar de echarme ahí. Que yo no era el único —te lo juro, no miento— que pasaba después las dos horas siguientes de clase y suplicio, desenredando de entre los cabellos los anhelos y la hierba, y que todavía, ya en el autobús de vuelta a casa, le andaba rebotando aquel estrépito del ánimo durante un buen rato.  

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