Mis «magineras» de la Meseta

Artículo de Ideal Sierra Mágina —septiembre de 2020—

Si sois lectores asiduos de «El Almecino», ya conocéis de sobra a mis «magineras» de la Meseta; estas dos escritoras que en agosto han hecho una minigira presentando sus últimos libros por algunos pueblos de Sierra Mágina. Me refiero a Soco Mármol Brís, con su última novela «Virgo fidelis», y a Gloria Nistal y su poemario «Nueve razones». 

De Soco Mármol poco puedo descubrir. La cuestión es qué nueva nos trae su libro, en el que, durante cinco generaciones de una familia con un intrincado árbol genealógico, se nos desvelan inconfesables secretos —como en toda familia que se precie—; un peso que se siente y que atenaza a los supervivientes desde esa galería de los retratos donde ha quedado la intangible pero palpable compañía de los muertos que no encuentran el descanso.   

Un libro viajero en el tiempo —a lo largo de dos siglos y lo que llevamos de este—; que, partiendo desde Mágina, pasa por Biarritz, Roma, Bogotá y Madrid, pero que siempre regresa a Mágina, y en particular, a un nimio pedazo de tierra donde apenas caben un chozo, una higuera, unas cuantas malas yerbas, y una oliva de cuatro pies, la Bien Plantá, constituida en narradora omnisciente —aunque siempre ayudada por otros personajes en lo del contar—.  

 ¡Ay, los personajes femeninos de Soco! Mujeres enzarzadas con su independencia e investidas de determinación y de arrestos, que se equivocan por sí mismas, y que sufren y padecen por lo errado y lo impuesto por la sociedad que les ha tocado vivir. De ahí su deambular en busca de una redención que habrán de darle los vivos, si es que consiguen darse alcance unos a otros a través de las distancias del tiempo que los separa.  

No hablaré de los hombres de esta novela, que los hay de todos los gustos y colores, para centrarme en algo que la autora quiere recalcar: el peso de ese hombre del pasado que ya no cabe en nuestros días, pero que se empeña en no morir de una puñetera vez, machacando y acomplejando al hombre bueno y sensible del futuro; frustrándolo y malográndolo. 

Mientras la leía, he tenido la sensación de que contenía toda la sabiduría del mundo; más aún si la cosa nos viene de una oliva: el árbol más viejo y más sabio del mundo. Como diría ella, la la Bien Plantá: esas son las ventajas de ser oliva, que se es sabia y conocedora de lo que acontece alrededor y más allá, mientras se echa hacia abajo tanto o más de lo que por encima te emerge.  

Destacar el dominio del lenguaje de esta gran escritora: capaz de hacerle hablar a una oliva con los giros y palabras del siglo XIX; a una sirvienta con todo el gracejo y el vocabulario de Mágina que Soco ha ido recopilando a lo largo del tiempo de una manera primorosa y, se podría decir, academicista en su «Expresionario de Mágina»; y por qué no, capaz de rematar su destreza sin desentonar en el decir de nuestra lengua allá por tierras colombianas. 

En esta labor, no sé si de frivolité o de filtiré que nos presenta en «Virgo fidelis», la intriga va creciendo a medida que la autora va sacando todos los hilos precisos antes de meterse en primores de aguja y dedal. Si por mí fuera, como lector, me quedaría para siempre escuchando lo que se cuentan los árboles, unos a otros, a la sombra de la Bien Plantá. Y es que en todas las familias cuecen habas.  

 Respecto a Gloria Nistal y su mundo literario: si Gloria no existiera habría que inventarla, porque es imprescindible la Gloria mujer, la Gloria solidaria, la Gloria viajera; en definitiva: la mirada de Gloria. Cómo ve el mundo, cómo ve a las personas, para luego comportarse en el mundo y con sus gentes con esa grandeza humana que ella, mujer, tiene. Nistal es, por encima y a pesar de todo lo malo que nos habita y nos desarma, esperanza, optimismo; incluso hasta para este niño triste que me habita a mí. La Nistal en su vida, en sus fotografías y en su poesía es esa borgiana observadora: profunda y filosófica, aunque siempre tamizada por su naturalidad, por su sencillez.  

Leyendo los poemas de sus «Nueve razones» yo no sé quién es la inmiscuida: si ella o la luna, pues a mí me ha parecido verla saliéndole al paso; ella, que está hecha de supervivencias, como todos, pero que las celebra abiertamente. ¿Y sus viajes?… ¿son acaso una huida porque enfadó a alguien en una de sus muchas vidas?… Como dice en uno de tus poemas:  

El universo no es un país para viejos,  

pero aquí habito,  

sorprendida de mi rotunda soledad  

y noqueada por la traición de las arrugas.   

Y yo añadiría, que esas arrugas no son más que la insistencia de su mirada atenta siempre a los otros; el gesto sincero, repetido y marcado a fuego en la expresión de sus ojos siempre sonriéndonos. 

Desde su exposición de fotografía en aquel lejano mes de enero de 2020 —que a vista de todo lo acontecido, parece que hubieran pasado siglos—, he tenido la suerte de conversar con Gloria casi a diario, para terminar por descubrir que esa magia suya como escritora y como fotógrafa, la hace una artista excepcional; tanto, como los consejos y enseñanzas que recibí de Soco, que creyó en mí, no ya como autor, sino como persona. A fin de cuentas, y como ella dice, fue Mágina la que nos eligió. 

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