Buscando algo bueno del confinamiento (62)

Querido lector: las entradas que te vas a encontrar en mi blog bajo este título son fruto de las reflexiones diarias que he ido escribiendo cada mañana durante el confinamiento en el muro de mi Facebook. Siempre las acompaño además de una canción que por lo general sirve —nunca mejor dicho— de pretexto a lo que escribo.

14 de mayo de 2020

Photo by Frans Van Heerden on Pexels.com

Ya he hablado de lo que pesan los recuerdos. En estos dos meses os habéis percatado de que a mí se me van escapando como si de flatulencias se trataran: unas más olorosas; otras más sonoras. Escribir sobre ellos, o sobre lo que la digestión de los años ha ocasionado en ellos, es la única manera que se me ocurre para aliviar este dolor —triste y aburrida autoficción dirá por ahí algún resabiado crítico, mientras escucha el aullido de su estómago hambriento—. El recuerdo que se me está repitiendo hoy es rojo y tiene forma de tren: es una divertida locomotora donde, Porky, el cerdito, es su maquinista, y no para de cantar «La Cucaracha». Mi padre me lo compró tras pasar con cinco años una larga estancia en el hospital. Así que, cuando salí de mi convalecencia, lo primero que hizo fue ir al Bazar Bib-rambla y dejarse un pastizal del año 70 en aquel juguete.
Por desgracia, en 2014, esa emblemática juguetería granadina dejó de generar recuerdos, más o menos bonitos, más o menos pesados, como este que me duele hoy; tanto, como las ganas de abrazar a mi padre.

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