Buscando algo bueno del confinamiento (60)

Querido lector: las entradas que te vas a encontrar en mi blog bajo este título son fruto de las reflexiones diarias que he ido escribiendo cada mañana durante el confinamiento en el muro de mi Facebook. Siempre las acompaño además de una canción que por lo general sirve —nunca mejor dicho— de pretexto a lo que escribo.

12 de mayo de 2020

Photo by ArtHouse Studio on Pexels.com

Entiendo que para afrontar un tiempo incierto con solvencia, primero hay que desaprender, despojarte de hábitos adquiridos o impuestos —qué más da a estas alturas de la película— y comenzar de nuevo. Eso me lleva hasta los tiempos iniciáticos, cuando mi padre, muy metido él en el papel de Euristeo, nos tuvo todo un verano limpiando aquella inmensa pocilga, lugar donde pude comprobar de primera mano la condición omnívora de los cerdos. Creedme: cuando esos monstruos tienen hambre son capaces de devorarse entre ellos; son como un prototipo de hombre, más simple y descarnado .
Luego, hago ese «reseteo», aprendo de nuevo a pedir permiso, a valerme de la fertilidad y del vigor de la tierra con un gesto de mis pies, de mis brazos, de todo mi cuerpo; inclinándome siempre ante ella para servirme de sus frutos. Busco en mi mente otros caminos, otras perspectivas, otros procesos que me lleven a respuestas, a conclusiones en concordia y armonía con este cielo ahora tan azul cuando está despejado; más gris que nunca cuando se nubla. Desecho de mi diccionario palabras vanas, viciados engendros lingüísticos que enturbiaron nuestra capacidad para comunicarnos con el otro, con el prójimo; para ello me sirvo de todos esos libros que fueron mi Biblia —mis cuarenta y seis imprescindibles clásicos y los veintisiete que me marcaron después de García Márquez—. Ya por último, me quedará la música, o no, porque tal vez no me habré percatado de que con ella empezó este proceso: primero un inmenso e insoportable silencio que invadió mi alma con su ruido; después, Dios tomando una moneda e introduciéndola en la ranura de su «jukebox», donde, una a una, todas esas viejas melodías que no sabía que encerraba en mi corazón, comenzaron a sonar.

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