Buscando algo bueno del confinamiento (40)

Querido lector: las entradas que te vas a encontrar en mi blog bajo este título son fruto de las reflexiones diarias que he ido escribiendo cada mañana durante el confinamiento en el muro de mi Facebook. Siempre las acompaño además de una canción que por lo general sirve —nunca mejor dicho— de pretexto a lo que escribo.

22 de abril de 2020

Photo by Luis Quintero on Pexels.com

Un día más, un día cualquiera que sigue siendo igual de apropiado para vivir que para morir. Que eso nunca se sabe; mucho menos ahora. Todos, absolutamente todos lapidamos a quienes nos estaban avisando. Ya fueran científicos, charlatanes o periodistas conspiranoicos; todos recibieron burlas y pedradas cuando desgranaron su letanía apocalíptica.
Hoy, alcanzado el día con el que nombramos nuestra reclusión, escuchando la última de Dylan, me viene a la cabeza aquella pequeña iglesia evangelista que fotografié en Dominicana durante nuestra luna de miel. La imagino ahora llena de «homeless», con sus carros de Diógenes patrocinados por Walmart correctamente aparcados en la puerta, mientras escuchan esa nueva letanía del reverendo Zimmerman, ¿o tal vez no es tan nueva?… que por un momento creí estar oyendo el enésimo rosario de mi madre en esta interminable madrugada.
El arco roza las gruesas cuerdas del contrabajo en un bucle de ida y vuelta: un ronquido asmático de diecisiete minutos —como un fuelle insuflado con un aire malsano, tal vez preñado de coronavirus—. Eso me hace recordar que también nosotros tuvimos nuestro Kennedy, a quien, en vez de asesinarlo vilmente, le montaron una infame opereta, una tarde de febrero de hace ya muchos años. Pero la bala que a él lo mató también le destrozó el cerebro con su plomo de olvido y desmemoria.
Estos días he pensado mucho en viejos tiempos, sobre todo viendo las calvas en el hemiciclo, como si sus señorías aún permanecieran en el suelo y solo se distinguiera, recortada por la sombra, la silueta de aquel Quijote y de su fiel Sancho. Hasta me ha parecido ver que, debajo de la tribuna de la presidencia del Congreso, a mano izquierda de la señora presidenta, hay alguien que se parece a él… pero no; falsa alarma, que no nos ha resucitado. Y es que diecisiete minutos pueden dar para darle muchas vueltas a todo; también a quiénes somos. Y recordar las veces que caímos, pero logramos levantarnos. También, las que permanecimos milagrosamente en equilibrio, como avezados saltimbanquis. Pero sobre todo —no sé por qué—, las que recordamos con más intensidad son las veces que nos descalabramos.

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