Lorem Ipsum

Artículo de Ideal Sierra Mágina

—Abril 2020—

Lorem ipsum es un texto sin aparente sentido con el que los diseñadores tipográficos realizan las probaturas de sus composiciones. Con él adelantan el efecto visual que tendrá su trabajo una vez concluido. Es un relleno de pega, como una cháchara, un blablablá insustancial que hace bonito, pero es ininteligible. Su uso se remonta a los impresores del siglo XVI y, pese a no tener ni pies ni cabeza, no se trata de un pronto gagá o un improvisado repentino. En realidad, está inspirado en la obra «De finibus bonorum et malorum» de Cicerón, a cuyas palabras, al transcribirlas, se le han comido algunas sílabas o letras de manera deliberada. 


Una vez dicho esto, permíteme que hoy te dedique mi artículo. Sí, no disimules volviendo la cabeza hacia atrás como si el destinatario de mi llamada estuviera a tu espalda. De sobra sabes que te estoy hablando a ti. 
¿Recuerdas?… antes de que se declarara la pandemia, llegabas al bar bien temprano y nunca tenías prisa. Te comportabas como si no hubiera nada más que hacer en esta vida más allá del tiempo que empleabas en tomar tu café. Por eso le dabas tanta pompa y ceremoniosidad a cada uno de tus gestos: primero, zarandeabas repetidamente el sobre del azúcar como si se tratara de un ritual de exorcismo que lograra endulzar el café solo en su justa medida; con posteridad, concediéndole toda la parsimonia del mundo, vertías el contenido del sobre y, sin dejar de percutir la cucharilla contra las paredes de la taza en una perfecta banda sonora matutina, dibujabas entre veinte y treinta círculos concéntricos; por último, y tras tomar un pequeño, apenas perceptible sorbo, abrías este periódico.   


Leías los titulares de cada noticia, en cada página, sin ir mucho más allá. Y pasabas las hojas con la misma o parecida rapidez con la que ojeabas las fotografías que ilustran los artículos, buscando algún rincón, algún paraje, alguna cara conocida. Como siempre -y ya era costumbre-, te parabas y te recreabas en esa esquina donde aparece el anuncio que desgrana las maravillas arquitectónicas y turísticas de tu queridísimo pueblo. Después, te sonreías, mientras volvías atrás en las páginas, y luego otra vez adelante, para ir una más hacia atrás, hasta que te topabas de nuevo con mi artículo.  
 Si hubieras tenido la posibilidad de leer este en concreto, el título te habría tirado un poco para atrás. Habrías pensado: «¿pero qué idioma es este?… ¿ruso?… ¿inglés?… ¡ah, no!, que me dicen que latín… Pues empezamos bien…». Porque si ya de por sí te resulta un esfuerzo ímprobo ponerte a leer una parrafada tan larga, encima le añadimos latinajos. Y sería entonces cuando, guiñando los ojos a la par que echas la cabeza hacia atrás, decidirías no leer mi artículo.  

Tengo la certeza de que, aunque lo leyeras, tu mente iba a transformar su contenido en lorem impsum, en un batiburrillo babélico, porque ni siquiera te esforzarías en comprender el hilo de mi disquisición; decididamente, no vas a permitir que nadie te caliente la cabeza, pues ya tienes una opinión bien contrastada y hasta testada. Tú lo sabes de sobra y, además, lo echas tanto de menos… porque las ideas más interesantes, las ocurrencias más imaginativas y las frases más sesudas que se le puedan ocurrir a nadie, surgen delante de una barra y con una caña en la mano.     

  
Y pienso que, en parte, tienes razón. Porque hay muchos, tal vez demasiados periodistas, escritores, tertulianos, políticos… charlatanes que escriben, hablan o actúan en un perfecto lorem ipsum. Hay muchos vendedores de humo cuya misión es dirigir la opinión pública dentro de unos parámetros moderados y aceptables. Para ello se encargan del postureo y de la apariencia, guionizando las reacciones, construyendo diálogos y dramas -tretas y comedias- a gusto del empresario de variedades, del dueño del teatro; es decir, de quien tiene el dinero y el poder.  


Te compro que a nadie le gusta complicarse la vida y que, mientras la obra iba rodada, hasta nos entretenía, porque tú y yo estábamos ahí como todos los de nuestra condición: sentados en nuestras sencillas pero confortables butacas de platea, adelantándonos si quieres unos segundos a lo que deparaba la trama a continuación, porque todo se iba desarrollando dentro de lo previsible; yo con mis artículos infumables -porque sé que a ti te parecen un verdadero tostón- y tú con tu filosofía de «aquí me las traigan todas», o como mucho de «a verlas pasar».  

Pero de pronto un día, ocurrió algo que no estaba previsto ni escrito en ningún guion, y como si de un castillo de naipes se tratara, todo se vino abajo. Donde antes había orden y previsión, ahora solo quedaba caos, confusión y angustia, y el simple aleteo de una mariposa, o el estornudo de una persona al otro lado del mundo –por ejemplo, en China-, terminó provocando una reacción en cadena y una catástrofe tal, que nuestro paraíso pequeño burgués se derrumbó en un instante. 


 Entonces ha sido, mi querido no lector de nada, ni de mí, ni de nadie, cuando te has dado cuenta que tu mundo era puro cartón piedra; un trampantojo sustentado por banalidades, un entramado vacío y falto de valores que, como mucho, habías rellenado de lorem ipsum, pues ya lo dijo Cicerón en su «De finibus bonorum et malorum»: «A nadie le gusta el dolor para sí mismo, o lo busca y desea tenerlo, apenas porque es dolor…» 

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